sábado, 30 de mayo de 2015


Villar del Pedroso,"Mi padre y mis hijos cruzando el Venero", de Jesús Ángel Rodríguez


MAYO POR SIEMPRE
“Cuando marzo mayea mayo marcea”, dice el refranero desde antiguo. Pero yo recuerdo a mayo mayeando, sacudiéndose con brío cualquier catarro que arrastrase del invierno, por posible que fuera hasta el día 40 una recaída; no deslucido, deslumbrante, radiante de cabo a rabo, como si nunca en su historia le hubiera torcido.

Villar del Pedroso, el Cerro las Habas
Mes agraciado como ninguno, sin par y sin abuela -pues se sabe de sobra el más bello del calendario-, mayo siempre me ha sido aún más espléndido por generoso que por despampanante. Generoso en horas de luz, también lo era en cosechas, en agua de regatos y veneros, en partos de animales y en nidadas. Ello se traducía necesariamente en un cambio evidente en nuestra persona, la del hombre que vive en comunión con el medio, la del que vive y muere con la propia tierra. Mayo para el labriego y el ganadero venía a ser todo un reconstituyente, un cambio de aires sin mudarnos de sitio; la primavera alteraba la sangre en el nombre del Espíritu y la simiente en el de la Madre Naturaleza. Nuestros cinco sentidos se espabilaban en el mes quinto, y era otro el hombre siendo otro el campo que trabajaba. La gravedad castellana que heredamos de los tiempos en que fuimos toledanos -la que tantas veces nos ata en corto a la hora de expresar las emociones- se relajaba sola a partir de entonces. Y así, de puro naturales campechanos, como fundidos de nuevo, tomando parte activa en la alegría declarada, nos voceábamos con ganas de chanza por los caminos, silbábamos en lo alto de las caballerías como albañiles encima de caballetes, cantábamos por Molina ordeñando a mano, hablábamos de tú a las vacas como a hermanas de leche, nos reíamos -en fin- de nuestra propia sombra. Como si el caluroso mayo nos ganara el pan con el sudor de nuestra frente, se agradecía que el sol se levantara pronto y se acostase tarde… La vida era más fácil sin un cielo plomizo, con una alfombra verde sobre la gleba, más amiga del hombre, menos perra de lo que iba siendo. Y exultábamos regenerados, como encantados de conocernos.


Villar del Pedroso, "La Rinconá", de Jesús Ángel Rodríguez
“Con flores a María…” cantaban en la escuela las voces blancas. Con flores a porfía nos esperaba doña Carmen, la maestra, junto a un cuadro de Murillo -la Inmaculada que dicen “de Aranjuez”- colocado a la altura de aquellos nuestros ojos, en un altar bajito del que eran camareras las alumnas del último curso, aquellas que ya se moceaban, y que, al salir de clase, se dejaban aconsejar por Elena Francis mientras se iniciaban en la costura, las que al amor despertaban sintiendo en el corazón mariposas y pájaros en la cabeza, las que ya sólo jugaban a deshojar margaritas, las que callando otorgaban si preguntaba de lances y devaneos la preguntona del corro de costureras, la que nunca daba puntada sin hebra. Que en Villar del Pedroso coser en corro siempre fue un rito. Y deshilar manteles, un arte verdadero. Cuajarlos, pura artesanía que se pagó siempre barata. Como “labores de Lagartera” salieron de los pueblos de La Jara y La Campana de Oropesa centenares de manteles -de seis, ocho y doce cubiertos- cada año, con destino a las mesas madrileñas donde el postín era tanto como  la comida. De espaldas al sol, nunca de cara -como bien explicaba una maestra en ello, Tere Medina-, ¿qué mujer de Villar no se sentaba en su silla baja al empezar la tarde, con su tarea a la derecha en la banasta de mimbre, aguja en ristre y dedal en dedo, decidida a dar su vista por los suyos? Tocadas o no con un simple pañuelo o una gorra de paja de Aldeanovita, pocas mujeres como las nuestras, las villarejas, bordando lo bordaban. Que en Villar del Pedroso se cosió bien y mucho durante muchas décadas.

Pasando S. Isidro, encañados los trigos, granada la cebada y espigado el tercero en discordia, el desclasado centeno, batallaban ya los campos en batallas navales por una gota de agua (de agua dulce, claro -y claro sólamente como el agua-). Los campos de pan llevar de La Jara extremeña bailaban y bailaban para todo el que cantase, ya fuese hombre, pájaro o rana. Como espectáculo lo recuerdo. A ver cómo de alta estaba la cosecha solíamos ir las tardes de domingo paseando, a no ser que un partido entre casados y solteros nos hiciera cambiar de planes, que futbol ya era futbol –aunque Boskov no lo dijera hasta 1979- y el futbol ya capitalizaba el ocio dominguero. En cromos de la Liga, precisamente -más que en palotes, chicles, conguitos o novelas del oeste de Lafuente Estefanía- se nos iba la paga del domingo. Como los Reyes Magos abrirían nuestras cartas, así nosotros abríamos sin redobles aquellos sobres de Ediciones Este, y Amancio, Pirri y los demás jugadores de los años 70 que no inventaron La Raspa iban apareciendo, para irse luego distribuyendo entre el fardo de los repetidos y el álbum nunca completo, incompleto siempre.

Villar del Pedroso, Vaverdejo



Villar del Pedroso, El Marco
 


Villar del Pedroso, "El Pilón", de Jesús Ángel Rodríguez
Quizá fuera el de futbol el único campo de mi pueblo terrizo en mayo. El resto era lujuria de cereal en sazón, renovizos yerbularios, chupamieles, gamonitos, amapolas, zapatitos de la Virgen o cantueso (que aquí diremos siempre “tomillo borriquero”); un reino de este mundo, el vegetal, sufragáneo de otro reino semoviente al que tributaba en especie: Gorriones molineros (o gurriatos), trigueras, torcaces, perdices, arrendajos, abubillas o jilgueros -de los bonitos y de los feos, que según parece nunca los hubo de perfil medio- volaban sobre liebres, conejos, lagartos, raposas, vacas frisonas y avileñas, ovejas israelíes y merinas, cabras murcianas, e incluso sobre moscas, abejas y caballitos del diablo… Se diría que la vida, de sol a sol, se juramentaba, invadiendo por tierra, arroyo y aire los celosos dominios del espantapájaros, el único vestido con sariana o chaqueta a estas alturas del año, demasiado abrigado para ser creíble, cuando hacía ya meses que andábamos en manga corta los que andábamos, los que pateábamos el campo en busca de los últimos espárragos (“los de abril para mí, los de mayo para el amo”) o a cardillos, y, sobretodo, a pájaros, a nidos de jilguero en los olivares, de tórtola en las dehesas y de gorrión en los árboles de ribera o en Los Chopos. Si de aquí era difícil volver con las manos vacías, de allí como de allá lo usual era volver como se había ido, sin nada. 
 
Villar del Pedroso, El Marco

Villar del Pedroso, El Marco
Flores y loza, de Jesús Ángel Rodríguez
 ...Que las tórtolas que siempre hubo en mi casa nunca entraron conmigo; todavía se las debo a un hombre impagable que nada tuvo suyo en esta vida, a tío Cristino, amigo de todos y, como el Buen Pastor, pastor y bueno. Año tras año, llegando mayo se presentaba en casa, haciéndonos ver que venía de paso con una mano tras otra. “Para el niño”, decía enseguida, sin darse tiempo a darlo importancia, y se sacaba del seno de su camisa  una cría en cañones de tórtola europea -la nuestra, la autóctona- como los magos sacan de sus chisteras tórtolas turcas. Sirvan de homenaje póstumo estas letras a quien con magia blanca no aprendida hizo mágica la infancia de de un muchacho, a aquel pastor llegado de no sé dónde -de qué belén de barro- a un nazaret viviente donde los viejos porfiaban a la puerta del taller de tío Isabelo, como niños que jugasen a ver quién mea más lejos, donde los pavos de tía Isidra callejeaban de La Marota a Juego Calva y de esta plaza a aquella calleja, dejándose de vainas pero no de pamplina, donde el arroyo Morcillo salvaba la puente a la menor crecida, donde las vacas cucaban por altamares de heno, donde los padres montaban a sus hijos a hombros, como el bueno de Sancho montaría a Sanchica sobre Platero si Cervantes levantara la cabeza, donde el Camino de Santiago sobrevolaba de noche el de Guadalupe, como de día las grullas sobrevuelan los nidos de las cigüeñas.
…Que por mayo ya era por mayo, y lo será por siempre.      


Villar del Pedroso, inmediaciones de El Risco
 
Villar del Pedroso, El Marco
 


 

lunes, 24 de junio de 2013

El Puente de Alcantara




     EL PUENTE DE ALCÁNTARA
 
 
 
     Imagen de mi provincia más que ninguna, el gran puente romano de Alcántara se había ido convirtiendo ya en un tatuaje en mis entretelas o en una marca de agua entre ceja y ceja. Las enciclopedias Álvarez y Calleja me lo habían dibujado someramente a plumilla cuando niño (nada comparado con las xilografías de La Ilustración Española y Americana, y menos con las litografías de Laborde que colgaban los salones afrancesados), antes que el Ministerio de Información y Turismo divulgara su estampa, en el  saturado agfacolor de los años setenta, por casas de cultura, estaciones de autobuses, oficinas de atención o gasolineras. Si en los libros de texto formaba siempre pareja con su primo lejano el acueducto de Segovia, en los folletos de promoción turística de la provincia solía hacerlo con la estatua ecuestre de Pizarro en Trujillo. Su póster, en las salas de ping-pon  de los internados o en las lisas paredes de  las casas de comida casera, formaba iconostasio con los de Bahamontes, el Pantocrator de Taüll, los molinos de Campo de Criptana, el Real Madrid de la sexta copa de Europa o la línea del cielo de Benidorm.

     …Uno no podía morirse sin antes ver in situ el puente de puentes, o –dicho de otro modo- sin conseguir que sus seis ojos me vieran. Él, que sostuvo con descaro su mirada a la mirada indagadora de los dibujantes ilustrados y desnudó con la vista a los viajeros elegantes de la Europa romántica, ¿se dejaría cegar, en su altanería, ante este insignificante paisano suyo?

     Fue en enero de 2004 cuando, por fin, me allegué al dichoso puente. En un día no propicio. O sí, según se mire, según se mire a través de la lluvia; jarreaba sobre el Tajo aquella mañana, y la visión era hermosa: El puente, como un saurio disparado con balines, no acusaba castigo alguno. Yo aguantaba el chaparrón bajo un paraguas negro, viéndole soportar con indolencia tráfico rodado, crecida fluvial y lluvia pijotera. No tardé mucho en comprender que la rendición vendría del cielo antes que del monumento, por muy cerrado que estuviera el panorama. Invitándome estaba la otra orilla a desatender a ésta, y decidí cruzarlo, no como un équite romano, sino como un hombre de a pie, jalonando con mi mano el pretil de piedra a cada paso, pisando con unción el enlosado milenario, gustándome en el vértigo, mudándome de época a mi antojo, remoloneando en llegar a la Torre de Oro que le defiende en el otro extremo. Después de mucho no pensármelo, absorto como estaba, claro que decidí cruzarlo.  Pero, se mire por donde se mire, su grandiosidad no mengua. ¡Que  con sólo seis arcos, sólo media docena, se salva una hondonada de 194 metros de largo! ¡Y que son 71 los metros de altura que alcanza esta mole, capaz de acomplejar, no ya al españolito medio, sino al más pintado tiarrón del norte! La magnificencia del monumento se basta y se sobra para embobar al visitante; más si lo que se pretende es que la admiración redoble sus interjecciones, que alguien le cuente al curioso que tan grandiosa obra carece de cimientos: Sus pilares se asientan, efectivamente, sobre la propia roca del lecho fluvial, trabajada a conciencia para recibirlos, lo que exigió a su arquitecto la unión de roca y sillares mediante grapas en cola de milano.

     La estampa, como tal, es mayestática. Firmeza, utilidad y hermosura, las tres cualidades que exigía Vitrubio a toda construcción que se preciase, están manifiestas palmariamente en este puente, concebido por su ingeniero, Cayo Julio Lacer, “para que durara tanto como el mundo durase”. Ahora bien, ¿supuso Cayo cuando escribió estas letras, allá por el 106 de nuestra Era, que el propio Orbe duraría tanto? Girando sigue el mundo, y aun sigue el hombre su derrotero de puente en puente.

     Tan romano como el puente es el arco de triunfo que lo corona, por mucho que luzca donde más puede lucirse el águila bicéfala de Carlos V. Que no es al quinto emperador de Alemania a quien se dedica esta obra, sino al quinto emperador de Roma; que el cumplimentado no es Carlos, el emperador español nacido en Flandes, sino Trajano, el emperador romano nacido en Hispania. Tanto el escudo referido como el adarve que remata el arco triunfal, son añadidos muy posteriores a la erección del conjunto. Como lo son las lápidas de mármol alusivas a las sucesivas restauraciones que ha conocido el monumento; mármoles que, con el paso del tiempo, se han ido hermanando a los que, desde antiguo, vienen dándonos noticia de los once municipios lusitanos que sufragaron su construcción. Acercarse lo suficiente para poder distinguir sus nombres, conlleva necesariamente dejarse abominar por las formidables pilastras áticas donde hallan acomodo dichas placas… Uno no sabe si lamentarse de la pequeñez del hombre, o si vanagloriarse de la grandeza de su propia obra; tal es el aturdimiento que aquí se produce.

     Quizá por ello no hay visitante que, una vez contemplado el paso del Tajo por Alcántara y el paso de Roma por el Tajo, reanude su viaje sin reparar de nuevo en el templete “in antis” que encontró a su izquierda recién llegado. Se hace preciso, después de tanta autodesestima (o de tantísima  sobredimensión romana, cuando no de ambas cosas) reencontrarse consigo mismo, con sus propias proporciones. Y ello tiene lugar –para mayor dignidad nuestra- en un templo romano, en una construcción concebida como morada de dioses. Fuera de Alcántara pocos templos romanos se dejarán llamar templetes, pero en este caso, gracias a un dios menor, sus dimensiones excepcionales le hacen acorde a nuestra propia escala.

     Puente, arco y templete, indisolublemente unidos, forman, pues, la primera trinidad de Alcántara, que, a su vez, con la célebre Orden Militar y con el celebrado S. Pedro alcantarino (patrón de Extremadura), es parte integrante de una tríada segunda. Satisfecho queda –con creces- mi tercer deseo.


 
 
 

 

jueves, 13 de junio de 2013






GARGANTA LA OLLA
     La bella Garganta –como la han adjetivado con hartura en crónicas viajeras, sin quebrarse demasiado la cabeza, prefiriendo hablar desde el embeleso- se enclueca en una hoya u hondura provocada por la Sierra de Tormantos. Su gavilán sería un turismo de cortos vuelos pero constantes: Grupos de escolares aleccionados sobre Carlos V que, en excursión, descienden del cercano Yuste, cacereños del llano sedientos en agosto como ciervas, familias madrileñas al completo, huyendo de la aldea global en chanclas de mercadillo, o pandas de moteros convencidos de que todos los caminos –también éstos- conducen a Graceland. Tampoco falta por estos lares la parejita de turno aprovechando un día sin carabina, sin esa quinta mano que sólo echan de menos a la hora de fotografiarse juntos. Y es que el lugar es álbum de rincones fotogénicos, desalambrado coto de paisanaje, miniatura agigantada de un muy rico libro de las horas.
     Descongelada la imagen, verá el viajero correr el agua del deshielo calle Chorrillo abajo por su reguera, hallará a su izquierda una larga fuente de cuatro caños generosos, un cuarteto que descompone música acuática ininterrumpidamente, y beberá por beber de ella el forastero, sus manos serán cuenco para el agua de la sierra, la loza que ya fueron en el otro paraíso, el del Génesis. Satisfecho el antojo y superada la fuente,  saludan al visitante balconadas de madera que el rigor de la intemperie ha vuelto cenicientas y la edad venerables. Claveles chinos, pendientes de la reina, geranios como puños y párvulas gitanillas se precipitan en su camino sobre hortensias exageradas, calas como copones o vivarachos pericos. Y no suelen hacerlo con apariencia de plantas domesticadas, sino de plantas dejadas a la mano materna de Dios. ¡Tan fácil le resulta prosperar aquí a la Naturaleza!
     Si las flores y plantas adaman el casco urbano, la piedra berroqueña aporta el contrapunto andrógino: Jambas, dinteles, umbrales y otros paramentos siguen aborreciendo al cabo de los siglos la cal, la tierra negra, la amarilla y otros maquillajes, luciendo su nuda recidumbre. Y así, con imposible coquetería, van sucediéndose en Garganta las portadas que declaran abiertamente su edad al transeúnte; que en no pocas arcadas y linteles se da noticia cierta del año de gracia en que se construyó la vivienda. No faltan aquellos en los que fue más allá el buril picapedrero, acertando a grabar jaculatorias y símbolos piadosos sobre puertas y ventanas, una forma más sutil de fechar el edificio: Corrían los vientos de la Contrarreforma.
     Viendo y no viendo pasaron esos vientos ante las cuatro casas de lenocinio que conoció este pueblo. Si se hizo entonces la vista gorda con esta clase de establecimientos fue en el entendimiento de que el servicio de meretrices o mozas de fortuna era necesario a la soldadesca del vecino Yuste y a otras aves vivíparas de paso. Aun chilla en sus fachadas el llamativo color añil que hacía inequívocos a estos locales. ¿Cuántas veces se habrá repintado en este tono la conocida “Casa de las Muñecas” (nombre alusivo a la figura femenina de arenisca que, en el arco la entrada, parece mostrar con su diestra la destreza en su arte)?
     Reprimiendo la inevitable sonrisita, continúa el viajero su recorrido por este pueblo-museo, yendo a dar a la plaza principal. Hay en su centro una fuente clara de pilón redondo que tercia desde hace siglos entre la casa curial y la consistorial. Bajo el portal de esta última, la antigua picota de justicia puede ser contada, felizmente, entre los jubilados que allí se dan cita diaria, convirtiendo el lugar en mentidero.
     Estampa verata donde las haya, que aun están a tiempo de obtener los amantes de la fotografía expresionista en blanco y negro, es la de la anciana enlutada de guardapiés ampuloso sentada a sol y sombra, viendo pasar el tiempo con ceremonia desde su silla de enea, la entrañable bisabuela cuentacuentos, más parecida a una brazada de sarmientos que a cualquiera de sus bisnietos. Arrodillarte con tu cámara ante ella buscando un primer plano de su rostro orográfico, podría ser buen pretexto para venerar sin pudor lo venerable. Esa ya sería – en cualquier caso- la segunda genuflexión que el visitante hiciera; a la entrada misma del pueblo, habrá doblado ya sus rodillas en el umbral de una ermita que llaman “del Cristo del Humilladero”, para atisbar su interior a través del ventanuco practicado en su puerta a una altura calculada para orar de hinojos desde el exterior cuando el recinto se halla cerrado.
     Pero lo que da verdadera personalidad a Garganta de la Olla es su iglesia parroquial, y, más en concreto, su esbelto campanario renacentista, una magnífica torreona de sillares levantada en lo más alto del pueblo. A ella conduce una calle escalonada de cierto efecto escenográfico, más apta –desde luego- para una comitiva nupcial que para un cortejo fúnebre. Coronada la ascensión se agradece el asiento que nos ofrece en su propio basamento de dos gradas una cruz de cantería inmediata al templo. No las tuviera y aun se haría querer más que la cruz de piedra que remata el apuesto campanario de 30 metros, la llamada “Cruz del Diablo”, erigida en desagravio de las fechorías cometidas por la siempre célebre y nunca celebrada “Serrana de la Vera”, ese mito local, mujer que de damisela enamorada mudó a varona despechada, tras ser repudiada por el caballero al que se creía destinada. Contrariada en sus amores de alta cama, dejó de serle plácida Plasencia de repente, y echóse al monte por estos pagos (entre Piornal y Garganta) la linajuda moza, gustando en delante de modales de alimaña y maña de bandolera. Si las paredes de su cueva hablaran contarían lo mismo que su romance cuenta; de criminalidad y nifomanía sería de lo que hablasen, del sexo como prolegómeno del crimen, narrando en voz bajita la prosaica manera que tenía esta fémina de saciar sus dos íntimos deseos, el del alma dolida con el sexo contrario y el del cuerpo serrano ni dolido ni gozado. Fueron sus armas armas de mujer para camelar al hombre que se cruzara con ella y armas de caza para batir al hombre ya camelado que con ella se ayunatara. Prendida y ajusticiada, un romance tan anónimo como su -¿innombrable?- protagonista tuvo la culpa de que este pueblo anduviera en lenguas por toda España: “Allá en Garganta la Olla / en la vera de Plasencia, / salteóme una serrana / blanca, rubia, ojimorena...” De la popularidad de estos versos nos da noticia en 1667 el escritor jarandillano Gabriel Azedo de la Berrueza y Porras, quien, tras hacerse eco de los mismos, apostilla, en referencia a la famosa serrana, que “apenas hay persona que no cante el antiguo romance de su historia”. Llegados a los oídos de Lope de Vega y de Vélez de Guevara, uno y otro convirtieron los hechos romanceados en obra dramática. La indómita mujer que vino a renegar de sí como persona quedó, al fin, convertida en personaje. El eco de su fama ya no podrían acallarlo ni siquiera campanas como las de esta torre, que espantaron nublos y conjuraron pandemias.
     Pero si este imposible llegara a producirse un día, tendría que ser, por fuerza, el día de san Lorenzo, cuando Garganta en fiestas procesiona a su patrono y el repique aquí tiene más brío y el brío consigue más decibelios. Es ese el día en que el sol deslumbra –después de todo un año a la sombra, en el interior del templo- los ojos de cristal de su tocayo, una talla chaparra que ostenta la parrilla como atributo y luce la dalmática como indumentaria. Para la imagen del bienaventurado diácono reservó este pueblo la hornacina central de su mayor retablo. De puertas para adentro, se diría que este templo de Garganta lo preside san Lorenzo y la mesura; pues dónde el colosalismo, las tallas endiosadas de los santos o la multiplicación apócrifa del pan de oro… Fuera del delicioso órgano barroco (órgano ibérico, con su trompetería en batalla dirigida al presbiterio y su caja de tonos labrada con sobrante esmero, afinado en 1984) no se me alcanza otra joya de entidad en el inventario de esta parroquia. Deléitense, sin embargo, los no sibaritas con la simple hermosura de la pila bautismal, con la expresión ingenua de algunas imágenes sin escuela o la “vis atractiva” de un Nazareno salido de unas manos voluntariosas con más fuerza que maña. Deléitense quienes gusten de un interiorismo depurado, sin extravagancias, quien no ponga muy alto el listón de lo bien hecho a escala humana, quien sepa sorprenderse todavía con lo auténtico, quien ame, en fin, aquello que habría de ser firmado con la huella dactilar del artesano. Más  pretencioso es el edificio en sí, declarado “bien de interés cultural, con categoría de monumento” por Real Decreto de 22 de diciembre de 1989. La fábrica del templo ve resaltada su excelencia por el conjunto de arquitectura popular que lo rodea; casas de entramado de cerezo o de castaño completadas de tapial o adobe –reservando a la cantería los bajos- que ya habíamos soñado cuando niños habitadas por cigarras violinistas o por gatos con botas, todo un conjunto de arquitectura serrana, sobrado de reminiscencias mudéjares medievales, que habla de la abundancia de madera en su entorno y de la escasez de medios en su pasado, y que hoy se nos revela con singular encanto,  enamorando por su belleza no premeditada, más orgánica que mecánica –como apreció, en su día, ese observador cualificado, viajero de indiscutido gusto, que fue Unamuno- Balcones volados, aleros saledizos, trabazones diagonales, chocantes antepechos, pintorescos solanillos… conforman tal galimatías constructivo, ajeno a todo código aparente, que no puede por menos que desconcertar al ojo cartesiano del urbanita. Como desconcierta un flechazo que diera pie un posterior regusto místico. De sopetón en sopetón va el forastero por estas calles, callejas y callejones sin salida, entrando al trapo del laberinto que se le tiende, minotauro cada vez más encelado según se interna en semejante dédalo; un marco, éste, que no siempre consiente el tráfico bovino ni el rodado. Pues, ¿cuántas embestidas de uno u otro hubiera soportado –por ejemplo- la famosa Casa de la Peña –verdadero icono de Garganta-, esa construcción de mírame y no me toques, que milagrea con su solana gravitando sobre un puntal de madera al que sirve de basa una roca accidental. Apaños tan ocurrentes como éste del Rincón de La Piornala (ejemplo de sumo aprovechamiento del espacio) nos vienen a dar noticia de un arte de vivir que dábamos por muerto: La vida como arte, la creación recreada, los trabajos y los días como agentes de realización humana; “trabajar para vivir”, que no “vivir para trabajar” sería la conseja recibida.
     Interesantísimo el pueblo en su conjunto (Conjunto –precisamente- Histórico Artístico fue declarado por Real Decreto de 10 de febrero de 1978), no es ilegítimo discriminar positivamente ciertos inmuebles que se señalan por sí solos, tales como la Casa de Postas (no hace falta ser curioso para que resulte curiosísima la columna higrométrica que sostiene el porche de esta antigua posada; la inminencia de lluvia hace oscurecer la mancha que presenta su fuste granítico), la Casa de Francisco Díaz (llamada también Casa-Almacén de la Iglesia y Casa del Picapedrero, por haber sido taller y morada del constructor vasco del templo parroquial, pasa por ser la más antigua de este pueblo, y es, al decir de Caro Baroja, el mejor ejemplo de baserri fuera del País Vasco), la Casa Carvajal (casa natal de D. Pedro de Carvajal, que, al correr del tiempo, fuera Capitán de la Armada y Virrey de Nápoles; su dintel blasonado y la talla que presentan sus canecillos de madera la siguen distinguiendo como la casa distinguida que fue), la Casa de Félix Mesón (perteneciente a la familia pudiente de los Mesón Gómez, muestra en su fachada un hermoso escudo desfigurado adrede por la estrecha relación de sus moradores con el Santo Oficio), las Casas Gemelas… En fin, toda una serie de construcciones singulares datadas entre los siglos XVI y XVIII que aportan gentileza al garbo serrano del caserío.
     Conscientes del hechizo que produce su pueblo en el foráneo, los garganteños no sólo han sabido conservar esa herencia de los Siglos de Oro y de Plata, -fundamentalmente- sino que han querido emular, en lo posible, su peculiar estilo en los edificios de nueva planta que han ido extendiendo el perímetro urbano. La intervención de Bellas Artes en orden al mantenimiento patrimonial de la villa es evidente (lo es y lo parece) en el Barrio de la Huerta (la risueña aljama judía), remozado hasta la adolescencia. Desafortunada  del todo nos parece (nos lo parece y lo es) la rehabilitación perpetrada –permítaseme- en ciertos inmuebles. Desafortunada ha de sernos la rehabilitación -por ejemplo- de la Casa del Picapedrero y la de la Casa Cárcel a quienes sí tuvimos la fortuna de admirarlas en su estado originario (ladrillo de tejar y adobe vistos, respectivamente), sin el actual revoco de mortero de cal, ese recubrimiento capaz de causar furor, a un tiempo, entre defensores y detractores (¿!). Pese a ello, Garganta la Olla se sigue presentando, en este nuevo milenio, como Conjunto cada vez más Histórico y no menos Artístico, mostrándose al viajero con unas señas de identidad muy definidas que la hacen inconfundible, en un estado de conservación óptimo que ha logrado convertir en líneas de expresión sus arrugas, y con una belleza innata fuera de concurso que impide proclamarla el pueblo más bello de España.




Casa de las Muñecas



Casa de Postas



Casa del Picapedrero



Plaza Mayor



Iglesia de S. Lorenzo





Casa de la Peña



Calle de Garganta la Olla



Inmediaciones de la Iglesia



Casa de Félix Mesón



Casa Carvajal



Portada de cantería



Portada de la Casa de las Muñecas



Casa Gemela II



Casa Gemela I



Casa del Picapedrero, estado anterior a su rehabilitación



Picota, Garganta la Olla



Rincón de La Piornala



Iglesia Parroquial, Garganta la Olla



Monumento a La Serrana de la Vera



En Garganta  la Olla...




De Garganta la Olla




Órgano ibérico, Garganta la Olla




Calle de Garganta la Olla



Garganta la Olla, vista parcial



Desde el Humilladero



Ermita del Santísimo Cristo del Humilladero
 


Barrio de La Huerta, Garganta la Olla



Garganta la Olla, panorámica


jueves, 30 de mayo de 2013


 
CORPUS

Villar no tuvo nunca el menor apuro en engalanarse si la ocasión realmente lo merecía. Y siempre hubo ocasiones que lo merecieran: las visitas pastorales de  los cardenales de Toledo, las llegadas anunciadas de los gobernadores civiles, las tomas de posesión de los distintos párrocos o la venida al pueblo de la imagen peregrina de Fátima, por ejemplo, motivaron, en su día, la erección de arcos triunfales de álamo o de chopo y el despliegue generoso, sin dolerle prendas, de banderas, deshilados y ricas telas a lo largo del recorrido. Villar ha dispensado siempre a sus visitas de abolengo el mejor de los recibimientos a su alcance, sintiéndose él -el bienhallado- el verdaderamente honrado con la visita. Así de campechano es su vecindario desde que el pueblo es pueblo (o, incluso, antes: desde que el campo es campo).

Fuera de tan excepcionales ocasiones de agasajo, hubo siempre en Villar un día del año en el que este pueblo se acicalaba sobremanera: Corpus Christi. En la mañana del Corpus Villar sacaba a relucir sus mejores palmatorias y aireaba con esmero sus más valiosos trapos: las mantelerías buenas de los ajuares, los pañuelos de Manila más cuajados, los transparentes de más trabajo, las sabanillas menos vistas, las colchas tornasoladas… Era el paso del Señor de los señores el que se anunciaba, y el pueblo no duda en convertir en gala tan destacado encuentro. La ocasión era buena para encalar, en vísperas, más de una fachada, dar una mano de tierra negra a algún que otro zócalo, fregar con sosa gradas y umbrales, barrer como nunca regueras y albañales… Todo se le hizo siempre poco a Villar del Pedroso si de amueblar sus calles con altares se trataba.

De la clausura de las cancelas y de  los cuerpos de casa salían como novicias con dispensa las mejores pilistras y los más raros coleos esa mañana. Solanillos y patios prestaban sin usura a  balcones y poyetes sus más renovizos tiestos. De las huertas llegaban las subidas azucenas a los jarrones. De los arriates, las rosas. De los arroyos, la juncia que convertía el empedrado en camino de mesa para el Pan Vivo…

En cada altar se encumbraba una imagen sagrada de las de Olot  - bien fuera prestada, bien propiedad de la casa misma-, más apreciada cuanto más heredada, de mayor empaque cuanto más antigua. La iconografía de Cristo Rey, la más repetida cada año. Centrada la figura y atusado el mantel definitivamente, cada altar encendía su lamparilla. Flotando quedaba la párvula candela en su balsita de aceite, y ya no la tocaba nadie (“¡Que con el fuego no se juega!”, nos decían a los mocosos. Y ni siquiera estando fabricadas las lamparillas de antaño -no sé por qué- con cartulina de naipe).

Era el Corpus de entonces uno de los tres “jueves de oro” que conocía el año cristiano. Pero ni era el jueves el que estaba en medio, ni era el día como tal el que relumbraba; era el Santísimo Sacramento flanqueado por su pueblo, avanzando bajo palio por sus calles, deslumbrando por sí solo. Si varales y brocados destellaban a la luz extrema del mediodía, la Custodia refulgía con luz propia entre el gentío.

 

Santo temor -y no otra cosa- era lo que movía a los dueños de las tabernas a bajar sus persianas y a apagar sus negocios al paso del Sacramento. Y era pura esperanza lo que llevaba al enfermo a entornar su puerta, a abrir su postigo, a encender su vela…; esperanzado tanto como expectante, esperaba que el Señor pasase, y, cuando llegaba, el Señor pasaba como cáliz que pasa.

Ceremonioso avanzaba el cortejo. Niños y mujeres en cabeza, centelleaba el charol a cada paso, sonaba a plata hueca el mástil de los ciriales, a madera de peral los abanicos, a azabache los rosarios… A pana gorda y a jadeo de rezagados sonaba, como mucho, el grupo de los hombres, cerrando filas, guardando espaldas tras la Custodia, atareados en el trenzado de la juncia superada por el palio, entretenidos en la silente elaboración de “cachiporras” (especie de fustas o latiguillos  que, en el pasado, se hacían restallar con aire al paso del Santísimo, para espantar al demonio del escenario sacro).

El Señor hacía estación en cada altar que se le brindaba. Llegada la comitiva a la puerta de turno, el sacerdote abandonaba el palio, salía del sombraje con la Custodia bien empuñada -por unas manos que, a la par, iban asiendo el escurridizo paño de hombros- y, con suma unción, disponía de la mesa enfaldada para la ocasión. Allí se daba al rezo el señor cura, arrodillado en el cojín previsto. Y hacia él se giraba la feligresía andante, primero en recogimiento, después estallando en fervoroso canto; cantábase al Amor de los Amores, cantábase al unísono ese auténtico cantar de los cantares eucarísticos, el himno del Congreso Internacional Eucarístico de 1911. Y bebía el sacerdote -si no por sed, tal vez por resecación, y cuando no por cortesía-  del vasito de agua que se le había dispuesto. El Señor descansaba en su recorrido. Y no se daban por enteradas las dos campanas del campanario, que, ajenas a la parada y enajenadas del todo, tocaban y tocaban sin decaimiento. El humo del incienso adamascaba el raso del cielo.



Iglesia Parroquial de S. Pedro Apóstol, Villar del Pedroso