GARGANTA LA OLLA
La bella
Garganta –como la han adjetivado con hartura en crónicas viajeras, sin
quebrarse demasiado la cabeza, prefiriendo hablar desde el embeleso- se enclueca
en una hoya u hondura provocada por la Sierra de Tormantos. Su gavilán sería un
turismo de cortos vuelos pero constantes: Grupos de escolares aleccionados
sobre Carlos V que, en excursión, descienden del cercano Yuste, cacereños del
llano sedientos en agosto como ciervas, familias madrileñas al completo, huyendo
de la aldea global en chanclas de mercadillo, o pandas de moteros convencidos
de que todos los caminos –también éstos- conducen a Graceland. Tampoco falta
por estos lares la parejita de turno aprovechando un día sin carabina, sin esa
quinta mano que sólo echan de menos a la hora de fotografiarse juntos. Y es que
el lugar es álbum de rincones fotogénicos, desalambrado coto de paisanaje,
miniatura agigantada de un muy rico libro de las horas.
Descongelada la
imagen, verá el viajero correr el agua del deshielo calle Chorrillo abajo por
su reguera, hallará a su izquierda una larga fuente de cuatro caños generosos,
un cuarteto que descompone música acuática ininterrumpidamente, y beberá por
beber de ella el forastero, sus manos serán cuenco para el agua de la sierra,
la loza que ya fueron en el otro paraíso, el del Génesis. Satisfecho el antojo
y superada la fuente, saludan al
visitante balconadas de madera que el rigor de la intemperie ha vuelto
cenicientas y la edad venerables. Claveles chinos, pendientes de la reina,
geranios como puños y párvulas gitanillas se precipitan en su camino sobre
hortensias exageradas, calas como copones o vivarachos pericos. Y no suelen
hacerlo con apariencia de plantas domesticadas, sino de plantas dejadas a la
mano materna de Dios. ¡Tan fácil le resulta prosperar aquí a la Naturaleza!
Si las flores y
plantas adaman el casco urbano, la piedra berroqueña aporta el contrapunto
andrógino: Jambas, dinteles, umbrales y otros paramentos siguen aborreciendo al
cabo de los siglos la cal, la tierra negra, la amarilla y otros maquillajes,
luciendo su nuda recidumbre. Y así, con imposible coquetería, van sucediéndose
en Garganta las portadas que declaran abiertamente su edad al transeúnte; que
en no pocas arcadas y linteles se da noticia cierta del año de gracia en que se
construyó la vivienda. No faltan aquellos en los que fue más allá el buril
picapedrero, acertando a grabar jaculatorias y símbolos piadosos sobre puertas
y ventanas, una forma más sutil de fechar el edificio: Corrían los vientos de
la Contrarreforma.
Viendo y no
viendo pasaron esos vientos ante las cuatro casas de lenocinio que conoció este
pueblo. Si se hizo entonces la vista gorda con esta clase de establecimientos
fue en el entendimiento de que el servicio de meretrices o mozas de fortuna era
necesario a la soldadesca del vecino Yuste y a otras aves vivíparas de paso.
Aun chilla en sus fachadas el llamativo color añil que hacía inequívocos a
estos locales. ¿Cuántas veces se habrá repintado en este tono la conocida “Casa
de las Muñecas” (nombre alusivo a la figura femenina de arenisca que, en el
arco la entrada, parece mostrar con su diestra la destreza en su arte)?
Reprimiendo la
inevitable sonrisita, continúa el viajero su recorrido por este pueblo-museo,
yendo a dar a la plaza principal. Hay en su centro una fuente clara de pilón
redondo que tercia desde hace siglos entre la casa curial y la consistorial.
Bajo el portal de esta última, la antigua picota de justicia puede ser contada,
felizmente, entre los jubilados que allí se dan cita diaria, convirtiendo el
lugar en mentidero.
Estampa verata
donde las haya, que aun están a tiempo de obtener los amantes de la fotografía expresionista
en blanco y negro, es la de la anciana enlutada de guardapiés ampuloso sentada
a sol y sombra, viendo pasar el tiempo con ceremonia desde su silla de enea, la
entrañable bisabuela cuentacuentos, más parecida a una brazada de sarmientos
que a cualquiera de sus bisnietos. Arrodillarte con tu cámara ante ella
buscando un primer plano de su rostro orográfico, podría ser buen pretexto para
venerar sin pudor lo venerable. Esa ya sería – en cualquier caso- la segunda
genuflexión que el visitante hiciera; a la entrada misma del pueblo, habrá
doblado ya sus rodillas en el umbral de una ermita que llaman “del Cristo del
Humilladero”, para atisbar su interior a través del ventanuco practicado en su
puerta a una altura calculada para orar de hinojos desde el exterior cuando el
recinto se halla cerrado.
Pero lo que da
verdadera personalidad a Garganta de la Olla es su iglesia parroquial, y, más
en concreto, su esbelto campanario renacentista, una magnífica torreona de
sillares levantada en lo más alto del pueblo. A ella conduce una calle
escalonada de cierto efecto escenográfico, más apta –desde luego- para una
comitiva nupcial que para un cortejo fúnebre. Coronada la ascensión se agradece
el asiento que nos ofrece en su propio basamento de dos gradas una cruz de
cantería inmediata al templo. No las tuviera y aun se haría querer más que la
cruz de piedra que remata el apuesto campanario de 30 metros, la llamada “Cruz
del Diablo”, erigida en desagravio de las fechorías cometidas por la siempre célebre
y nunca celebrada “Serrana de la Vera”, ese mito local, mujer que de damisela
enamorada mudó a varona despechada, tras ser repudiada por el caballero al que se
creía destinada. Contrariada en sus amores de alta cama, dejó de serle plácida
Plasencia de repente, y echóse al monte por estos pagos (entre Piornal y
Garganta) la linajuda moza, gustando en delante de modales de alimaña y maña de
bandolera. Si las paredes de su cueva hablaran contarían lo mismo que su
romance cuenta; de criminalidad y nifomanía sería de lo que hablasen, del sexo
como prolegómeno del crimen, narrando en voz bajita la prosaica manera que tenía
esta fémina de saciar sus dos íntimos deseos, el del alma dolida con el sexo
contrario y el del cuerpo serrano ni dolido ni gozado. Fueron sus armas armas
de mujer para camelar al hombre que se cruzara con ella y armas de caza para batir
al hombre ya camelado que con ella se ayunatara. Prendida y ajusticiada, un
romance tan anónimo como su -¿innombrable?- protagonista tuvo la culpa de que
este pueblo anduviera en lenguas por toda España: “Allá en
Garganta la Olla / en la vera de Plasencia, / salteóme una serrana / blanca, rubia, ojimorena...” De
la popularidad de estos versos nos da noticia en 1667 el escritor jarandillano Gabriel
Azedo de la Berrueza y Porras, quien, tras hacerse eco de los mismos, apostilla,
en referencia a la famosa serrana, que “apenas hay persona que no cante el
antiguo romance de su historia”. Llegados a los oídos de Lope de Vega y de
Vélez de Guevara, uno y otro convirtieron los hechos romanceados en obra
dramática. La indómita mujer que vino a renegar de sí como persona quedó, al
fin, convertida en personaje. El eco de su fama ya no podrían acallarlo ni
siquiera campanas como las de esta torre, que espantaron nublos y conjuraron
pandemias.
Pero si este imposible llegara a producirse
un día, tendría que ser, por fuerza, el día de san Lorenzo, cuando Garganta en
fiestas procesiona a su patrono y el repique aquí tiene más brío y el brío consigue
más decibelios. Es ese el día en que el sol deslumbra –después de todo un año a
la sombra, en el interior del templo- los ojos de cristal de su tocayo, una
talla chaparra que ostenta la parrilla como atributo y luce la dalmática como
indumentaria. Para la imagen del bienaventurado diácono reservó este pueblo la
hornacina central de su mayor retablo. De puertas para adentro, se diría que
este templo de Garganta lo preside san Lorenzo y la mesura; pues dónde el
colosalismo, las tallas endiosadas de los santos o la multiplicación apócrifa
del pan de oro… Fuera del delicioso órgano barroco (órgano ibérico, con su
trompetería en batalla dirigida al presbiterio y su caja de tonos labrada con
sobrante esmero, afinado en 1984) no se me alcanza otra joya de entidad en el
inventario de esta parroquia. Deléitense, sin embargo, los no sibaritas con la
simple hermosura de la pila bautismal, con la expresión ingenua de algunas
imágenes sin escuela o la “vis atractiva” de un Nazareno salido de unas manos
voluntariosas con más fuerza que maña. Deléitense quienes gusten de un
interiorismo depurado, sin extravagancias, quien no ponga muy alto el listón de
lo bien hecho a escala humana, quien sepa sorprenderse todavía con lo
auténtico, quien ame, en fin, aquello que habría de ser firmado con la huella
dactilar del artesano. Más pretencioso es
el edificio en sí, declarado “bien de interés cultural, con categoría de
monumento” por Real Decreto de 22 de diciembre de 1989. La fábrica del templo
ve resaltada su excelencia por el conjunto de arquitectura popular que lo
rodea; casas de entramado de cerezo o de castaño completadas de tapial o adobe –reservando
a la cantería los bajos- que ya habíamos soñado cuando niños habitadas por
cigarras violinistas o por gatos con botas, todo un conjunto de arquitectura
serrana, sobrado de reminiscencias mudéjares medievales, que habla de la
abundancia de madera en su entorno y de la escasez de medios en su pasado, y
que hoy se nos revela con singular encanto, enamorando por su belleza no premeditada, más
orgánica que mecánica –como apreció, en su día, ese observador cualificado, viajero
de indiscutido gusto, que fue Unamuno- Balcones volados, aleros saledizos, trabazones
diagonales, chocantes antepechos, pintorescos solanillos… conforman tal
galimatías constructivo, ajeno a todo código aparente, que no puede por menos
que desconcertar al ojo cartesiano del urbanita. Como desconcierta un flechazo
que diera pie un posterior regusto místico. De sopetón en sopetón va el
forastero por estas calles, callejas y callejones sin salida, entrando al trapo
del laberinto que se le tiende, minotauro cada vez más encelado según se
interna en semejante dédalo; un marco, éste, que no siempre consiente el
tráfico bovino ni el rodado. Pues, ¿cuántas embestidas de uno u otro hubiera
soportado –por ejemplo- la famosa Casa de la Peña –verdadero icono de
Garganta-, esa construcción de mírame y no me toques, que milagrea con su
solana gravitando sobre un puntal de madera al que sirve de basa una roca
accidental. Apaños tan ocurrentes como éste del Rincón de La Piornala (ejemplo
de sumo aprovechamiento del espacio) nos vienen a dar noticia de un arte de
vivir que dábamos por muerto: La vida como arte, la creación recreada, los
trabajos y los días como agentes de realización humana; “trabajar para vivir”,
que no “vivir para trabajar” sería la conseja recibida.
Interesantísimo el pueblo en su conjunto
(Conjunto –precisamente- Histórico Artístico fue declarado por Real Decreto de
10 de febrero de 1978), no es ilegítimo discriminar positivamente ciertos inmuebles
que se señalan por sí solos, tales como la Casa de Postas (no hace falta ser
curioso para que resulte curiosísima la columna higrométrica que sostiene el
porche de esta antigua posada; la inminencia de lluvia hace oscurecer la mancha
que presenta su fuste granítico), la Casa de Francisco Díaz (llamada también
Casa-Almacén de la Iglesia y Casa del Picapedrero, por haber sido taller y morada
del constructor vasco del templo parroquial, pasa por ser la más antigua de
este pueblo, y es, al decir de Caro Baroja, el mejor ejemplo de baserri fuera
del País Vasco), la Casa Carvajal (casa natal de D. Pedro de Carvajal, que, al
correr del tiempo, fuera Capitán de la Armada y Virrey de Nápoles; su dintel
blasonado y la talla que presentan sus canecillos de madera la siguen
distinguiendo como la casa distinguida que fue), la Casa de Félix Mesón
(perteneciente a la familia pudiente de los Mesón Gómez, muestra en su fachada
un hermoso escudo desfigurado adrede por la estrecha relación de sus moradores
con el Santo Oficio), las Casas Gemelas… En fin, toda una serie de
construcciones singulares datadas entre los siglos XVI y XVIII que aportan
gentileza al garbo serrano del caserío.
Conscientes del hechizo que produce su
pueblo en el foráneo, los garganteños no sólo han sabido conservar esa herencia
de los Siglos de Oro y de Plata, -fundamentalmente- sino que han querido emular,
en lo posible, su peculiar estilo en los edificios de nueva planta que han ido
extendiendo el perímetro urbano. La intervención de Bellas Artes en orden al
mantenimiento patrimonial de la villa es evidente (lo es y lo parece) en el
Barrio de la Huerta (la risueña aljama judía), remozado hasta la adolescencia.
Desafortunada del todo nos parece (nos
lo parece y lo es) la rehabilitación perpetrada –permítaseme- en ciertos inmuebles.
Desafortunada ha de sernos la rehabilitación -por ejemplo- de la Casa del
Picapedrero y la de la Casa Cárcel a quienes sí tuvimos la fortuna de
admirarlas en su estado originario (ladrillo de tejar y adobe vistos,
respectivamente), sin el actual revoco de mortero de cal, ese recubrimiento capaz
de causar furor, a un tiempo, entre defensores y detractores (¿!). Pese a ello,
Garganta la Olla se sigue presentando, en este nuevo milenio, como Conjunto
cada vez más Histórico y no menos Artístico, mostrándose al viajero con unas
señas de identidad muy definidas que la hacen inconfundible, en un estado de
conservación óptimo que ha logrado convertir en líneas de expresión sus arrugas,
y con una belleza innata fuera de concurso que impide proclamarla el pueblo más
bello de España.