lunes, 24 de junio de 2013

El Puente de Alcantara




     EL PUENTE DE ALCÁNTARA
 
 
 
     Imagen de mi provincia más que ninguna, el gran puente romano de Alcántara se había ido convirtiendo ya en un tatuaje en mis entretelas o en una marca de agua entre ceja y ceja. Las enciclopedias Álvarez y Calleja me lo habían dibujado someramente a plumilla cuando niño (nada comparado con las xilografías de La Ilustración Española y Americana, y menos con las litografías de Laborde que colgaban los salones afrancesados), antes que el Ministerio de Información y Turismo divulgara su estampa, en el  saturado agfacolor de los años setenta, por casas de cultura, estaciones de autobuses, oficinas de atención o gasolineras. Si en los libros de texto formaba siempre pareja con su primo lejano el acueducto de Segovia, en los folletos de promoción turística de la provincia solía hacerlo con la estatua ecuestre de Pizarro en Trujillo. Su póster, en las salas de ping-pon  de los internados o en las lisas paredes de  las casas de comida casera, formaba iconostasio con los de Bahamontes, el Pantocrator de Taüll, los molinos de Campo de Criptana, el Real Madrid de la sexta copa de Europa o la línea del cielo de Benidorm.

     …Uno no podía morirse sin antes ver in situ el puente de puentes, o –dicho de otro modo- sin conseguir que sus seis ojos me vieran. Él, que sostuvo con descaro su mirada a la mirada indagadora de los dibujantes ilustrados y desnudó con la vista a los viajeros elegantes de la Europa romántica, ¿se dejaría cegar, en su altanería, ante este insignificante paisano suyo?

     Fue en enero de 2004 cuando, por fin, me allegué al dichoso puente. En un día no propicio. O sí, según se mire, según se mire a través de la lluvia; jarreaba sobre el Tajo aquella mañana, y la visión era hermosa: El puente, como un saurio disparado con balines, no acusaba castigo alguno. Yo aguantaba el chaparrón bajo un paraguas negro, viéndole soportar con indolencia tráfico rodado, crecida fluvial y lluvia pijotera. No tardé mucho en comprender que la rendición vendría del cielo antes que del monumento, por muy cerrado que estuviera el panorama. Invitándome estaba la otra orilla a desatender a ésta, y decidí cruzarlo, no como un équite romano, sino como un hombre de a pie, jalonando con mi mano el pretil de piedra a cada paso, pisando con unción el enlosado milenario, gustándome en el vértigo, mudándome de época a mi antojo, remoloneando en llegar a la Torre de Oro que le defiende en el otro extremo. Después de mucho no pensármelo, absorto como estaba, claro que decidí cruzarlo.  Pero, se mire por donde se mire, su grandiosidad no mengua. ¡Que  con sólo seis arcos, sólo media docena, se salva una hondonada de 194 metros de largo! ¡Y que son 71 los metros de altura que alcanza esta mole, capaz de acomplejar, no ya al españolito medio, sino al más pintado tiarrón del norte! La magnificencia del monumento se basta y se sobra para embobar al visitante; más si lo que se pretende es que la admiración redoble sus interjecciones, que alguien le cuente al curioso que tan grandiosa obra carece de cimientos: Sus pilares se asientan, efectivamente, sobre la propia roca del lecho fluvial, trabajada a conciencia para recibirlos, lo que exigió a su arquitecto la unión de roca y sillares mediante grapas en cola de milano.

     La estampa, como tal, es mayestática. Firmeza, utilidad y hermosura, las tres cualidades que exigía Vitrubio a toda construcción que se preciase, están manifiestas palmariamente en este puente, concebido por su ingeniero, Cayo Julio Lacer, “para que durara tanto como el mundo durase”. Ahora bien, ¿supuso Cayo cuando escribió estas letras, allá por el 106 de nuestra Era, que el propio Orbe duraría tanto? Girando sigue el mundo, y aun sigue el hombre su derrotero de puente en puente.

     Tan romano como el puente es el arco de triunfo que lo corona, por mucho que luzca donde más puede lucirse el águila bicéfala de Carlos V. Que no es al quinto emperador de Alemania a quien se dedica esta obra, sino al quinto emperador de Roma; que el cumplimentado no es Carlos, el emperador español nacido en Flandes, sino Trajano, el emperador romano nacido en Hispania. Tanto el escudo referido como el adarve que remata el arco triunfal, son añadidos muy posteriores a la erección del conjunto. Como lo son las lápidas de mármol alusivas a las sucesivas restauraciones que ha conocido el monumento; mármoles que, con el paso del tiempo, se han ido hermanando a los que, desde antiguo, vienen dándonos noticia de los once municipios lusitanos que sufragaron su construcción. Acercarse lo suficiente para poder distinguir sus nombres, conlleva necesariamente dejarse abominar por las formidables pilastras áticas donde hallan acomodo dichas placas… Uno no sabe si lamentarse de la pequeñez del hombre, o si vanagloriarse de la grandeza de su propia obra; tal es el aturdimiento que aquí se produce.

     Quizá por ello no hay visitante que, una vez contemplado el paso del Tajo por Alcántara y el paso de Roma por el Tajo, reanude su viaje sin reparar de nuevo en el templete “in antis” que encontró a su izquierda recién llegado. Se hace preciso, después de tanta autodesestima (o de tantísima  sobredimensión romana, cuando no de ambas cosas) reencontrarse consigo mismo, con sus propias proporciones. Y ello tiene lugar –para mayor dignidad nuestra- en un templo romano, en una construcción concebida como morada de dioses. Fuera de Alcántara pocos templos romanos se dejarán llamar templetes, pero en este caso, gracias a un dios menor, sus dimensiones excepcionales le hacen acorde a nuestra propia escala.

     Puente, arco y templete, indisolublemente unidos, forman, pues, la primera trinidad de Alcántara, que, a su vez, con la célebre Orden Militar y con el celebrado S. Pedro alcantarino (patrón de Extremadura), es parte integrante de una tríada segunda. Satisfecho queda –con creces- mi tercer deseo.


 
 
 

 

jueves, 13 de junio de 2013






GARGANTA LA OLLA
     La bella Garganta –como la han adjetivado con hartura en crónicas viajeras, sin quebrarse demasiado la cabeza, prefiriendo hablar desde el embeleso- se enclueca en una hoya u hondura provocada por la Sierra de Tormantos. Su gavilán sería un turismo de cortos vuelos pero constantes: Grupos de escolares aleccionados sobre Carlos V que, en excursión, descienden del cercano Yuste, cacereños del llano sedientos en agosto como ciervas, familias madrileñas al completo, huyendo de la aldea global en chanclas de mercadillo, o pandas de moteros convencidos de que todos los caminos –también éstos- conducen a Graceland. Tampoco falta por estos lares la parejita de turno aprovechando un día sin carabina, sin esa quinta mano que sólo echan de menos a la hora de fotografiarse juntos. Y es que el lugar es álbum de rincones fotogénicos, desalambrado coto de paisanaje, miniatura agigantada de un muy rico libro de las horas.
     Descongelada la imagen, verá el viajero correr el agua del deshielo calle Chorrillo abajo por su reguera, hallará a su izquierda una larga fuente de cuatro caños generosos, un cuarteto que descompone música acuática ininterrumpidamente, y beberá por beber de ella el forastero, sus manos serán cuenco para el agua de la sierra, la loza que ya fueron en el otro paraíso, el del Génesis. Satisfecho el antojo y superada la fuente,  saludan al visitante balconadas de madera que el rigor de la intemperie ha vuelto cenicientas y la edad venerables. Claveles chinos, pendientes de la reina, geranios como puños y párvulas gitanillas se precipitan en su camino sobre hortensias exageradas, calas como copones o vivarachos pericos. Y no suelen hacerlo con apariencia de plantas domesticadas, sino de plantas dejadas a la mano materna de Dios. ¡Tan fácil le resulta prosperar aquí a la Naturaleza!
     Si las flores y plantas adaman el casco urbano, la piedra berroqueña aporta el contrapunto andrógino: Jambas, dinteles, umbrales y otros paramentos siguen aborreciendo al cabo de los siglos la cal, la tierra negra, la amarilla y otros maquillajes, luciendo su nuda recidumbre. Y así, con imposible coquetería, van sucediéndose en Garganta las portadas que declaran abiertamente su edad al transeúnte; que en no pocas arcadas y linteles se da noticia cierta del año de gracia en que se construyó la vivienda. No faltan aquellos en los que fue más allá el buril picapedrero, acertando a grabar jaculatorias y símbolos piadosos sobre puertas y ventanas, una forma más sutil de fechar el edificio: Corrían los vientos de la Contrarreforma.
     Viendo y no viendo pasaron esos vientos ante las cuatro casas de lenocinio que conoció este pueblo. Si se hizo entonces la vista gorda con esta clase de establecimientos fue en el entendimiento de que el servicio de meretrices o mozas de fortuna era necesario a la soldadesca del vecino Yuste y a otras aves vivíparas de paso. Aun chilla en sus fachadas el llamativo color añil que hacía inequívocos a estos locales. ¿Cuántas veces se habrá repintado en este tono la conocida “Casa de las Muñecas” (nombre alusivo a la figura femenina de arenisca que, en el arco la entrada, parece mostrar con su diestra la destreza en su arte)?
     Reprimiendo la inevitable sonrisita, continúa el viajero su recorrido por este pueblo-museo, yendo a dar a la plaza principal. Hay en su centro una fuente clara de pilón redondo que tercia desde hace siglos entre la casa curial y la consistorial. Bajo el portal de esta última, la antigua picota de justicia puede ser contada, felizmente, entre los jubilados que allí se dan cita diaria, convirtiendo el lugar en mentidero.
     Estampa verata donde las haya, que aun están a tiempo de obtener los amantes de la fotografía expresionista en blanco y negro, es la de la anciana enlutada de guardapiés ampuloso sentada a sol y sombra, viendo pasar el tiempo con ceremonia desde su silla de enea, la entrañable bisabuela cuentacuentos, más parecida a una brazada de sarmientos que a cualquiera de sus bisnietos. Arrodillarte con tu cámara ante ella buscando un primer plano de su rostro orográfico, podría ser buen pretexto para venerar sin pudor lo venerable. Esa ya sería – en cualquier caso- la segunda genuflexión que el visitante hiciera; a la entrada misma del pueblo, habrá doblado ya sus rodillas en el umbral de una ermita que llaman “del Cristo del Humilladero”, para atisbar su interior a través del ventanuco practicado en su puerta a una altura calculada para orar de hinojos desde el exterior cuando el recinto se halla cerrado.
     Pero lo que da verdadera personalidad a Garganta de la Olla es su iglesia parroquial, y, más en concreto, su esbelto campanario renacentista, una magnífica torreona de sillares levantada en lo más alto del pueblo. A ella conduce una calle escalonada de cierto efecto escenográfico, más apta –desde luego- para una comitiva nupcial que para un cortejo fúnebre. Coronada la ascensión se agradece el asiento que nos ofrece en su propio basamento de dos gradas una cruz de cantería inmediata al templo. No las tuviera y aun se haría querer más que la cruz de piedra que remata el apuesto campanario de 30 metros, la llamada “Cruz del Diablo”, erigida en desagravio de las fechorías cometidas por la siempre célebre y nunca celebrada “Serrana de la Vera”, ese mito local, mujer que de damisela enamorada mudó a varona despechada, tras ser repudiada por el caballero al que se creía destinada. Contrariada en sus amores de alta cama, dejó de serle plácida Plasencia de repente, y echóse al monte por estos pagos (entre Piornal y Garganta) la linajuda moza, gustando en delante de modales de alimaña y maña de bandolera. Si las paredes de su cueva hablaran contarían lo mismo que su romance cuenta; de criminalidad y nifomanía sería de lo que hablasen, del sexo como prolegómeno del crimen, narrando en voz bajita la prosaica manera que tenía esta fémina de saciar sus dos íntimos deseos, el del alma dolida con el sexo contrario y el del cuerpo serrano ni dolido ni gozado. Fueron sus armas armas de mujer para camelar al hombre que se cruzara con ella y armas de caza para batir al hombre ya camelado que con ella se ayunatara. Prendida y ajusticiada, un romance tan anónimo como su -¿innombrable?- protagonista tuvo la culpa de que este pueblo anduviera en lenguas por toda España: “Allá en Garganta la Olla / en la vera de Plasencia, / salteóme una serrana / blanca, rubia, ojimorena...” De la popularidad de estos versos nos da noticia en 1667 el escritor jarandillano Gabriel Azedo de la Berrueza y Porras, quien, tras hacerse eco de los mismos, apostilla, en referencia a la famosa serrana, que “apenas hay persona que no cante el antiguo romance de su historia”. Llegados a los oídos de Lope de Vega y de Vélez de Guevara, uno y otro convirtieron los hechos romanceados en obra dramática. La indómita mujer que vino a renegar de sí como persona quedó, al fin, convertida en personaje. El eco de su fama ya no podrían acallarlo ni siquiera campanas como las de esta torre, que espantaron nublos y conjuraron pandemias.
     Pero si este imposible llegara a producirse un día, tendría que ser, por fuerza, el día de san Lorenzo, cuando Garganta en fiestas procesiona a su patrono y el repique aquí tiene más brío y el brío consigue más decibelios. Es ese el día en que el sol deslumbra –después de todo un año a la sombra, en el interior del templo- los ojos de cristal de su tocayo, una talla chaparra que ostenta la parrilla como atributo y luce la dalmática como indumentaria. Para la imagen del bienaventurado diácono reservó este pueblo la hornacina central de su mayor retablo. De puertas para adentro, se diría que este templo de Garganta lo preside san Lorenzo y la mesura; pues dónde el colosalismo, las tallas endiosadas de los santos o la multiplicación apócrifa del pan de oro… Fuera del delicioso órgano barroco (órgano ibérico, con su trompetería en batalla dirigida al presbiterio y su caja de tonos labrada con sobrante esmero, afinado en 1984) no se me alcanza otra joya de entidad en el inventario de esta parroquia. Deléitense, sin embargo, los no sibaritas con la simple hermosura de la pila bautismal, con la expresión ingenua de algunas imágenes sin escuela o la “vis atractiva” de un Nazareno salido de unas manos voluntariosas con más fuerza que maña. Deléitense quienes gusten de un interiorismo depurado, sin extravagancias, quien no ponga muy alto el listón de lo bien hecho a escala humana, quien sepa sorprenderse todavía con lo auténtico, quien ame, en fin, aquello que habría de ser firmado con la huella dactilar del artesano. Más  pretencioso es el edificio en sí, declarado “bien de interés cultural, con categoría de monumento” por Real Decreto de 22 de diciembre de 1989. La fábrica del templo ve resaltada su excelencia por el conjunto de arquitectura popular que lo rodea; casas de entramado de cerezo o de castaño completadas de tapial o adobe –reservando a la cantería los bajos- que ya habíamos soñado cuando niños habitadas por cigarras violinistas o por gatos con botas, todo un conjunto de arquitectura serrana, sobrado de reminiscencias mudéjares medievales, que habla de la abundancia de madera en su entorno y de la escasez de medios en su pasado, y que hoy se nos revela con singular encanto,  enamorando por su belleza no premeditada, más orgánica que mecánica –como apreció, en su día, ese observador cualificado, viajero de indiscutido gusto, que fue Unamuno- Balcones volados, aleros saledizos, trabazones diagonales, chocantes antepechos, pintorescos solanillos… conforman tal galimatías constructivo, ajeno a todo código aparente, que no puede por menos que desconcertar al ojo cartesiano del urbanita. Como desconcierta un flechazo que diera pie un posterior regusto místico. De sopetón en sopetón va el forastero por estas calles, callejas y callejones sin salida, entrando al trapo del laberinto que se le tiende, minotauro cada vez más encelado según se interna en semejante dédalo; un marco, éste, que no siempre consiente el tráfico bovino ni el rodado. Pues, ¿cuántas embestidas de uno u otro hubiera soportado –por ejemplo- la famosa Casa de la Peña –verdadero icono de Garganta-, esa construcción de mírame y no me toques, que milagrea con su solana gravitando sobre un puntal de madera al que sirve de basa una roca accidental. Apaños tan ocurrentes como éste del Rincón de La Piornala (ejemplo de sumo aprovechamiento del espacio) nos vienen a dar noticia de un arte de vivir que dábamos por muerto: La vida como arte, la creación recreada, los trabajos y los días como agentes de realización humana; “trabajar para vivir”, que no “vivir para trabajar” sería la conseja recibida.
     Interesantísimo el pueblo en su conjunto (Conjunto –precisamente- Histórico Artístico fue declarado por Real Decreto de 10 de febrero de 1978), no es ilegítimo discriminar positivamente ciertos inmuebles que se señalan por sí solos, tales como la Casa de Postas (no hace falta ser curioso para que resulte curiosísima la columna higrométrica que sostiene el porche de esta antigua posada; la inminencia de lluvia hace oscurecer la mancha que presenta su fuste granítico), la Casa de Francisco Díaz (llamada también Casa-Almacén de la Iglesia y Casa del Picapedrero, por haber sido taller y morada del constructor vasco del templo parroquial, pasa por ser la más antigua de este pueblo, y es, al decir de Caro Baroja, el mejor ejemplo de baserri fuera del País Vasco), la Casa Carvajal (casa natal de D. Pedro de Carvajal, que, al correr del tiempo, fuera Capitán de la Armada y Virrey de Nápoles; su dintel blasonado y la talla que presentan sus canecillos de madera la siguen distinguiendo como la casa distinguida que fue), la Casa de Félix Mesón (perteneciente a la familia pudiente de los Mesón Gómez, muestra en su fachada un hermoso escudo desfigurado adrede por la estrecha relación de sus moradores con el Santo Oficio), las Casas Gemelas… En fin, toda una serie de construcciones singulares datadas entre los siglos XVI y XVIII que aportan gentileza al garbo serrano del caserío.
     Conscientes del hechizo que produce su pueblo en el foráneo, los garganteños no sólo han sabido conservar esa herencia de los Siglos de Oro y de Plata, -fundamentalmente- sino que han querido emular, en lo posible, su peculiar estilo en los edificios de nueva planta que han ido extendiendo el perímetro urbano. La intervención de Bellas Artes en orden al mantenimiento patrimonial de la villa es evidente (lo es y lo parece) en el Barrio de la Huerta (la risueña aljama judía), remozado hasta la adolescencia. Desafortunada  del todo nos parece (nos lo parece y lo es) la rehabilitación perpetrada –permítaseme- en ciertos inmuebles. Desafortunada ha de sernos la rehabilitación -por ejemplo- de la Casa del Picapedrero y la de la Casa Cárcel a quienes sí tuvimos la fortuna de admirarlas en su estado originario (ladrillo de tejar y adobe vistos, respectivamente), sin el actual revoco de mortero de cal, ese recubrimiento capaz de causar furor, a un tiempo, entre defensores y detractores (¿!). Pese a ello, Garganta la Olla se sigue presentando, en este nuevo milenio, como Conjunto cada vez más Histórico y no menos Artístico, mostrándose al viajero con unas señas de identidad muy definidas que la hacen inconfundible, en un estado de conservación óptimo que ha logrado convertir en líneas de expresión sus arrugas, y con una belleza innata fuera de concurso que impide proclamarla el pueblo más bello de España.




Casa de las Muñecas



Casa de Postas



Casa del Picapedrero



Plaza Mayor



Iglesia de S. Lorenzo





Casa de la Peña



Calle de Garganta la Olla



Inmediaciones de la Iglesia



Casa de Félix Mesón



Casa Carvajal



Portada de cantería



Portada de la Casa de las Muñecas



Casa Gemela II



Casa Gemela I



Casa del Picapedrero, estado anterior a su rehabilitación



Picota, Garganta la Olla



Rincón de La Piornala



Iglesia Parroquial, Garganta la Olla



Monumento a La Serrana de la Vera



En Garganta  la Olla...




De Garganta la Olla




Órgano ibérico, Garganta la Olla




Calle de Garganta la Olla



Garganta la Olla, vista parcial



Desde el Humilladero



Ermita del Santísimo Cristo del Humilladero
 


Barrio de La Huerta, Garganta la Olla



Garganta la Olla, panorámica