CORPUS
Villar no tuvo nunca el menor apuro en engalanarse si la ocasión realmente
lo merecía. Y siempre hubo ocasiones que lo merecieran: las visitas pastorales
de los cardenales de Toledo, las llegadas anunciadas de los gobernadores
civiles, las tomas de posesión de los distintos párrocos o la venida al pueblo
de la imagen peregrina de Fátima, por ejemplo, motivaron, en su día, la
erección de arcos triunfales de álamo o de chopo y el despliegue generoso, sin
dolerle prendas, de banderas, deshilados y ricas telas a lo largo del
recorrido. Villar ha dispensado siempre a sus visitas de abolengo el mejor de
los recibimientos a su alcance, sintiéndose él -el bienhallado- el
verdaderamente honrado con la visita. Así de campechano es su vecindario desde
que el pueblo es pueblo (o, incluso, antes: desde que el campo es campo).
Fuera de tan excepcionales ocasiones de agasajo, hubo siempre en Villar un
día del año en el que este pueblo se acicalaba sobremanera: Corpus Christi. En
la mañana del Corpus Villar sacaba a relucir sus mejores palmatorias y aireaba
con esmero sus más valiosos trapos: las mantelerías buenas de los
ajuares, los pañuelos de Manila más cuajados, los transparentes de más trabajo,
las sabanillas menos vistas, las colchas tornasoladas… Era el paso del Señor de
los señores el que se anunciaba, y el pueblo no duda en convertir en gala tan
destacado encuentro. La ocasión era buena para encalar, en vísperas, más de una
fachada, dar una mano de tierra negra a algún que otro zócalo, fregar con sosa
gradas y umbrales, barrer como nunca regueras y albañales… Todo se le hizo
siempre poco a Villar del Pedroso si de amueblar sus calles con altares se
trataba.
De la clausura de las cancelas y de los cuerpos de casa salían como
novicias con dispensa las mejores pilistras y los más raros coleos esa mañana.
Solanillos y patios prestaban sin usura a balcones y poyetes sus más
renovizos tiestos. De las huertas llegaban las subidas azucenas a los jarrones.
De los arriates, las rosas. De los arroyos, la juncia que convertía el
empedrado en camino de mesa para el Pan Vivo…
En cada altar se encumbraba una imagen sagrada de las de Olot - bien
fuera prestada, bien propiedad de la casa misma-, más apreciada cuanto más
heredada, de mayor empaque cuanto más antigua. La iconografía de Cristo Rey, la
más repetida cada año. Centrada la figura y atusado el mantel definitivamente,
cada altar encendía su lamparilla. Flotando quedaba la párvula candela en su
balsita de aceite, y ya no la tocaba nadie (“¡Que con el fuego no se juega!”,
nos decían a los mocosos. Y ni siquiera estando fabricadas las lamparillas de
antaño -no sé por qué- con cartulina de naipe).
Era el Corpus de entonces uno de los tres “jueves de oro” que conocía el
año cristiano. Pero ni era el jueves el que estaba en medio, ni era el día como
tal el que relumbraba; era el Santísimo Sacramento flanqueado por su pueblo,
avanzando bajo palio por sus calles, deslumbrando por sí solo. Si varales y
brocados destellaban a la luz extrema del mediodía, la Custodia refulgía con
luz propia entre el gentío.
Santo temor -y no otra cosa- era lo que movía a los dueños de las tabernas
a bajar sus persianas y a apagar sus negocios al paso del Sacramento. Y era
pura esperanza lo que llevaba al enfermo a entornar su puerta, a abrir su
postigo, a encender su vela…; esperanzado tanto como expectante, esperaba que
el Señor pasase, y, cuando llegaba, el Señor pasaba como cáliz que pasa.
Ceremonioso avanzaba el cortejo. Niños y mujeres en cabeza, centelleaba el
charol a cada paso, sonaba a plata hueca el mástil de los ciriales, a madera de
peral los abanicos, a azabache los rosarios… A pana gorda y a jadeo de
rezagados sonaba, como mucho, el grupo de los hombres, cerrando filas,
guardando espaldas tras la Custodia, atareados en el trenzado de la juncia
superada por el palio, entretenidos en la silente elaboración de “cachiporras”
(especie de fustas o latiguillos que, en el pasado, se hacían restallar
con aire al paso del Santísimo, para espantar al demonio del escenario sacro).
El Señor hacía estación en cada altar que se le brindaba. Llegada la
comitiva a la puerta de turno, el sacerdote abandonaba el palio, salía del
sombraje con la Custodia bien empuñada -por unas manos que, a la par, iban
asiendo el escurridizo paño de hombros- y, con suma unción, disponía de la mesa
enfaldada para la ocasión. Allí se daba al rezo el señor cura, arrodillado en
el cojín previsto. Y hacia él se giraba la feligresía andante, primero en
recogimiento, después estallando en fervoroso canto; cantábase al Amor de los
Amores, cantábase al unísono ese auténtico cantar de los cantares eucarísticos,
el himno del Congreso Internacional Eucarístico de 1911. Y bebía el sacerdote
-si no por sed, tal vez por resecación, y cuando no por cortesía- del
vasito de agua que se le había dispuesto. El Señor descansaba en su recorrido. Y no se daban por enteradas las dos campanas del campanario, que, ajenas a
la parada y enajenadas del todo, tocaban y tocaban sin decaimiento. El humo del
incienso adamascaba el raso del cielo.
| Iglesia Parroquial de S. Pedro Apóstol, Villar del Pedroso |
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