jueves, 30 de mayo de 2013


 
CORPUS

Villar no tuvo nunca el menor apuro en engalanarse si la ocasión realmente lo merecía. Y siempre hubo ocasiones que lo merecieran: las visitas pastorales de  los cardenales de Toledo, las llegadas anunciadas de los gobernadores civiles, las tomas de posesión de los distintos párrocos o la venida al pueblo de la imagen peregrina de Fátima, por ejemplo, motivaron, en su día, la erección de arcos triunfales de álamo o de chopo y el despliegue generoso, sin dolerle prendas, de banderas, deshilados y ricas telas a lo largo del recorrido. Villar ha dispensado siempre a sus visitas de abolengo el mejor de los recibimientos a su alcance, sintiéndose él -el bienhallado- el verdaderamente honrado con la visita. Así de campechano es su vecindario desde que el pueblo es pueblo (o, incluso, antes: desde que el campo es campo).

Fuera de tan excepcionales ocasiones de agasajo, hubo siempre en Villar un día del año en el que este pueblo se acicalaba sobremanera: Corpus Christi. En la mañana del Corpus Villar sacaba a relucir sus mejores palmatorias y aireaba con esmero sus más valiosos trapos: las mantelerías buenas de los ajuares, los pañuelos de Manila más cuajados, los transparentes de más trabajo, las sabanillas menos vistas, las colchas tornasoladas… Era el paso del Señor de los señores el que se anunciaba, y el pueblo no duda en convertir en gala tan destacado encuentro. La ocasión era buena para encalar, en vísperas, más de una fachada, dar una mano de tierra negra a algún que otro zócalo, fregar con sosa gradas y umbrales, barrer como nunca regueras y albañales… Todo se le hizo siempre poco a Villar del Pedroso si de amueblar sus calles con altares se trataba.

De la clausura de las cancelas y de  los cuerpos de casa salían como novicias con dispensa las mejores pilistras y los más raros coleos esa mañana. Solanillos y patios prestaban sin usura a  balcones y poyetes sus más renovizos tiestos. De las huertas llegaban las subidas azucenas a los jarrones. De los arriates, las rosas. De los arroyos, la juncia que convertía el empedrado en camino de mesa para el Pan Vivo…

En cada altar se encumbraba una imagen sagrada de las de Olot  - bien fuera prestada, bien propiedad de la casa misma-, más apreciada cuanto más heredada, de mayor empaque cuanto más antigua. La iconografía de Cristo Rey, la más repetida cada año. Centrada la figura y atusado el mantel definitivamente, cada altar encendía su lamparilla. Flotando quedaba la párvula candela en su balsita de aceite, y ya no la tocaba nadie (“¡Que con el fuego no se juega!”, nos decían a los mocosos. Y ni siquiera estando fabricadas las lamparillas de antaño -no sé por qué- con cartulina de naipe).

Era el Corpus de entonces uno de los tres “jueves de oro” que conocía el año cristiano. Pero ni era el jueves el que estaba en medio, ni era el día como tal el que relumbraba; era el Santísimo Sacramento flanqueado por su pueblo, avanzando bajo palio por sus calles, deslumbrando por sí solo. Si varales y brocados destellaban a la luz extrema del mediodía, la Custodia refulgía con luz propia entre el gentío.

 

Santo temor -y no otra cosa- era lo que movía a los dueños de las tabernas a bajar sus persianas y a apagar sus negocios al paso del Sacramento. Y era pura esperanza lo que llevaba al enfermo a entornar su puerta, a abrir su postigo, a encender su vela…; esperanzado tanto como expectante, esperaba que el Señor pasase, y, cuando llegaba, el Señor pasaba como cáliz que pasa.

Ceremonioso avanzaba el cortejo. Niños y mujeres en cabeza, centelleaba el charol a cada paso, sonaba a plata hueca el mástil de los ciriales, a madera de peral los abanicos, a azabache los rosarios… A pana gorda y a jadeo de rezagados sonaba, como mucho, el grupo de los hombres, cerrando filas, guardando espaldas tras la Custodia, atareados en el trenzado de la juncia superada por el palio, entretenidos en la silente elaboración de “cachiporras” (especie de fustas o latiguillos  que, en el pasado, se hacían restallar con aire al paso del Santísimo, para espantar al demonio del escenario sacro).

El Señor hacía estación en cada altar que se le brindaba. Llegada la comitiva a la puerta de turno, el sacerdote abandonaba el palio, salía del sombraje con la Custodia bien empuñada -por unas manos que, a la par, iban asiendo el escurridizo paño de hombros- y, con suma unción, disponía de la mesa enfaldada para la ocasión. Allí se daba al rezo el señor cura, arrodillado en el cojín previsto. Y hacia él se giraba la feligresía andante, primero en recogimiento, después estallando en fervoroso canto; cantábase al Amor de los Amores, cantábase al unísono ese auténtico cantar de los cantares eucarísticos, el himno del Congreso Internacional Eucarístico de 1911. Y bebía el sacerdote -si no por sed, tal vez por resecación, y cuando no por cortesía-  del vasito de agua que se le había dispuesto. El Señor descansaba en su recorrido. Y no se daban por enteradas las dos campanas del campanario, que, ajenas a la parada y enajenadas del todo, tocaban y tocaban sin decaimiento. El humo del incienso adamascaba el raso del cielo.



Iglesia Parroquial de S. Pedro Apóstol, Villar del Pedroso


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