| Villar del Pedroso,"Mi padre y mis hijos cruzando el Venero", de Jesús Ángel Rodríguez |
MAYO POR SIEMPRE
“Cuando marzo mayea mayo marcea”, dice el refranero
desde antiguo. Pero yo recuerdo a mayo mayeando,
sacudiéndose con brío cualquier catarro que arrastrase del invierno, por
posible que fuera hasta el día 40 una recaída; no deslucido, deslumbrante, radiante de cabo a rabo, como si nunca en su historia le
hubiera torcido.
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| Villar del Pedroso, el Cerro las Habas |
“Con
flores a María…” cantaban en la escuela las voces blancas. Con flores a porfía
nos esperaba doña Carmen, la maestra, junto a un cuadro de Murillo -la
Inmaculada que dicen “de Aranjuez”- colocado a la altura de aquellos nuestros
ojos, en un altar bajito del que eran camareras las alumnas del último curso,
aquellas que ya se moceaban, y que, al salir de clase, se dejaban aconsejar por
Elena Francis mientras se iniciaban en la costura, las que al amor
despertaban sintiendo en el corazón mariposas y pájaros en la cabeza, las que
ya sólo jugaban a deshojar margaritas, las que callando otorgaban si preguntaba
de lances y devaneos la preguntona del corro de costureras, la que nunca daba
puntada sin hebra. Que en Villar del Pedroso coser en corro siempre fue
un rito. Y deshilar manteles, un arte verdadero. Cuajarlos, pura artesanía que
se pagó siempre barata. Como “labores de Lagartera” salieron de los pueblos de
La Jara y La Campana de Oropesa centenares de manteles -de seis, ocho y doce
cubiertos- cada año, con destino a las mesas madrileñas donde el postín era
tanto como la comida. De espaldas al
sol, nunca de cara -como bien explicaba una maestra en ello, Tere Medina-, ¿qué
mujer de Villar no se sentaba en su silla baja al empezar la tarde, con su
tarea a la derecha en la banasta de mimbre, aguja en ristre y dedal en dedo,
decidida a dar su vista por los suyos? Tocadas o no con un simple pañuelo o una
gorra de paja de Aldeanovita, pocas mujeres como las nuestras, las villarejas,
bordando lo bordaban. Que en Villar del Pedroso se cosió bien y mucho
durante muchas décadas.
| Villar del Pedroso, "La Rinconá", de Jesús Ángel Rodríguez |
Pasando
S. Isidro, encañados los trigos, granada la cebada y espigado el tercero en
discordia, el desclasado centeno, batallaban ya los campos en batallas navales
por una gota de agua (de agua dulce, claro -y claro sólamente como el agua-).
Los campos de pan llevar de La Jara extremeña bailaban y bailaban para todo el
que cantase, ya fuese hombre, pájaro o rana. Como espectáculo lo recuerdo. A
ver cómo de alta estaba la cosecha solíamos ir las tardes de domingo paseando,
a no ser que un partido entre casados y solteros nos hiciera cambiar de planes,
que futbol ya era futbol –aunque Boskov no lo dijera hasta 1979- y el futbol ya
capitalizaba el ocio dominguero. En cromos de la Liga, precisamente -más que en
palotes, chicles, conguitos o novelas del oeste de Lafuente Estefanía- se nos
iba la paga del domingo. Como los Reyes Magos abrirían nuestras cartas, así
nosotros abríamos sin redobles aquellos sobres de Ediciones Este, y Amancio,
Pirri y los demás jugadores de los años 70 que no inventaron La Raspa iban
apareciendo, para irse luego distribuyendo entre el fardo de los repetidos y el
álbum nunca completo, incompleto siempre.
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| Villar del Pedroso, El Marco |
| Villar del Pedroso, "El Pilón", de Jesús Ángel Rodríguez |
Quizá
fuera el de futbol el único campo de mi pueblo terrizo en mayo. El resto era
lujuria de cereal en sazón, renovizos yerbularios, chupamieles, gamonitos,
amapolas, zapatitos de la Virgen o cantueso (que aquí diremos siempre “tomillo
borriquero”); un reino de este mundo, el vegetal, sufragáneo de otro reino
semoviente al que tributaba en especie: Gorriones molineros (o gurriatos),
trigueras, torcaces, perdices, arrendajos, abubillas o jilgueros -de los
bonitos y de los feos, que según parece nunca los hubo de perfil medio- volaban
sobre liebres, conejos, lagartos, raposas, vacas frisonas y avileñas, ovejas
israelíes y merinas, cabras murcianas, e incluso sobre moscas, abejas y
caballitos del diablo… Se diría que la vida, de sol a sol, se juramentaba,
invadiendo por tierra, arroyo y aire los celosos dominios del espantapájaros,
el único vestido con sariana o chaqueta a estas alturas del año, demasiado
abrigado para ser creíble, cuando hacía ya meses
que andábamos en manga corta los que andábamos, los que pateábamos el campo en
busca de los últimos espárragos (“los de abril para mí, los de mayo para el
amo”) o a cardillos, y, sobretodo, a pájaros, a nidos de jilguero en
los olivares, de tórtola en las dehesas y de gorrión en los árboles de ribera o
en Los Chopos. Si de aquí era difícil volver con las manos vacías, de allí como
de allá lo usual era volver como se había ido, sin nada.
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| Villar del Pedroso, El Marco |
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| Villar del Pedroso, El Marco |
| Flores y loza, de Jesús Ángel Rodríguez |
...Que las tórtolas que siempre hubo en mi
casa nunca entraron conmigo; todavía se las debo a un hombre impagable que nada
tuvo suyo en esta vida, a tío Cristino, amigo de todos y, como el Buen Pastor,
pastor y bueno. Año tras año, llegando mayo se presentaba en casa, haciéndonos
ver que venía de paso con una mano tras otra. “Para el niño”, decía enseguida,
sin darse tiempo a darlo importancia, y se sacaba del seno de su camisa una cría en cañones de tórtola europea -la
nuestra, la autóctona- como los magos sacan de sus chisteras tórtolas turcas. Sirvan
de homenaje póstumo estas letras a quien con magia blanca no aprendida hizo
mágica la infancia de de un muchacho, a aquel pastor llegado de no sé dónde -de
qué belén de barro- a un nazaret viviente donde los viejos porfiaban a la
puerta del taller de tío Isabelo, como niños que jugasen a ver quién mea más
lejos, donde los pavos de tía Isidra callejeaban de La Marota a Juego Calva y
de esta plaza a aquella calleja, dejándose de vainas pero no de
pamplina, donde el arroyo Morcillo salvaba la puente a la menor crecida, donde
las vacas cucaban por altamares de heno, donde los padres montaban a sus hijos
a hombros, como el bueno de Sancho montaría a Sanchica sobre Platero si
Cervantes levantara la cabeza, donde el Camino de Santiago sobrevolaba de noche
el de Guadalupe, como de día las grullas sobrevuelan los nidos de las cigüeñas.
…Que
por mayo ya era por mayo, y lo será por siempre.
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| Villar del Pedroso, inmediaciones de El Risco |
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| Villar del Pedroso, El Marco |








