sábado, 30 de mayo de 2015


Villar del Pedroso,"Mi padre y mis hijos cruzando el Venero", de Jesús Ángel Rodríguez


MAYO POR SIEMPRE
“Cuando marzo mayea mayo marcea”, dice el refranero desde antiguo. Pero yo recuerdo a mayo mayeando, sacudiéndose con brío cualquier catarro que arrastrase del invierno, por posible que fuera hasta el día 40 una recaída; no deslucido, deslumbrante, radiante de cabo a rabo, como si nunca en su historia le hubiera torcido.

Villar del Pedroso, el Cerro las Habas
Mes agraciado como ninguno, sin par y sin abuela -pues se sabe de sobra el más bello del calendario-, mayo siempre me ha sido aún más espléndido por generoso que por despampanante. Generoso en horas de luz, también lo era en cosechas, en agua de regatos y veneros, en partos de animales y en nidadas. Ello se traducía necesariamente en un cambio evidente en nuestra persona, la del hombre que vive en comunión con el medio, la del que vive y muere con la propia tierra. Mayo para el labriego y el ganadero venía a ser todo un reconstituyente, un cambio de aires sin mudarnos de sitio; la primavera alteraba la sangre en el nombre del Espíritu y la simiente en el de la Madre Naturaleza. Nuestros cinco sentidos se espabilaban en el mes quinto, y era otro el hombre siendo otro el campo que trabajaba. La gravedad castellana que heredamos de los tiempos en que fuimos toledanos -la que tantas veces nos ata en corto a la hora de expresar las emociones- se relajaba sola a partir de entonces. Y así, de puro naturales campechanos, como fundidos de nuevo, tomando parte activa en la alegría declarada, nos voceábamos con ganas de chanza por los caminos, silbábamos en lo alto de las caballerías como albañiles encima de caballetes, cantábamos por Molina ordeñando a mano, hablábamos de tú a las vacas como a hermanas de leche, nos reíamos -en fin- de nuestra propia sombra. Como si el caluroso mayo nos ganara el pan con el sudor de nuestra frente, se agradecía que el sol se levantara pronto y se acostase tarde… La vida era más fácil sin un cielo plomizo, con una alfombra verde sobre la gleba, más amiga del hombre, menos perra de lo que iba siendo. Y exultábamos regenerados, como encantados de conocernos.


Villar del Pedroso, "La Rinconá", de Jesús Ángel Rodríguez
“Con flores a María…” cantaban en la escuela las voces blancas. Con flores a porfía nos esperaba doña Carmen, la maestra, junto a un cuadro de Murillo -la Inmaculada que dicen “de Aranjuez”- colocado a la altura de aquellos nuestros ojos, en un altar bajito del que eran camareras las alumnas del último curso, aquellas que ya se moceaban, y que, al salir de clase, se dejaban aconsejar por Elena Francis mientras se iniciaban en la costura, las que al amor despertaban sintiendo en el corazón mariposas y pájaros en la cabeza, las que ya sólo jugaban a deshojar margaritas, las que callando otorgaban si preguntaba de lances y devaneos la preguntona del corro de costureras, la que nunca daba puntada sin hebra. Que en Villar del Pedroso coser en corro siempre fue un rito. Y deshilar manteles, un arte verdadero. Cuajarlos, pura artesanía que se pagó siempre barata. Como “labores de Lagartera” salieron de los pueblos de La Jara y La Campana de Oropesa centenares de manteles -de seis, ocho y doce cubiertos- cada año, con destino a las mesas madrileñas donde el postín era tanto como  la comida. De espaldas al sol, nunca de cara -como bien explicaba una maestra en ello, Tere Medina-, ¿qué mujer de Villar no se sentaba en su silla baja al empezar la tarde, con su tarea a la derecha en la banasta de mimbre, aguja en ristre y dedal en dedo, decidida a dar su vista por los suyos? Tocadas o no con un simple pañuelo o una gorra de paja de Aldeanovita, pocas mujeres como las nuestras, las villarejas, bordando lo bordaban. Que en Villar del Pedroso se cosió bien y mucho durante muchas décadas.

Pasando S. Isidro, encañados los trigos, granada la cebada y espigado el tercero en discordia, el desclasado centeno, batallaban ya los campos en batallas navales por una gota de agua (de agua dulce, claro -y claro sólamente como el agua-). Los campos de pan llevar de La Jara extremeña bailaban y bailaban para todo el que cantase, ya fuese hombre, pájaro o rana. Como espectáculo lo recuerdo. A ver cómo de alta estaba la cosecha solíamos ir las tardes de domingo paseando, a no ser que un partido entre casados y solteros nos hiciera cambiar de planes, que futbol ya era futbol –aunque Boskov no lo dijera hasta 1979- y el futbol ya capitalizaba el ocio dominguero. En cromos de la Liga, precisamente -más que en palotes, chicles, conguitos o novelas del oeste de Lafuente Estefanía- se nos iba la paga del domingo. Como los Reyes Magos abrirían nuestras cartas, así nosotros abríamos sin redobles aquellos sobres de Ediciones Este, y Amancio, Pirri y los demás jugadores de los años 70 que no inventaron La Raspa iban apareciendo, para irse luego distribuyendo entre el fardo de los repetidos y el álbum nunca completo, incompleto siempre.

Villar del Pedroso, Vaverdejo



Villar del Pedroso, El Marco
 


Villar del Pedroso, "El Pilón", de Jesús Ángel Rodríguez
Quizá fuera el de futbol el único campo de mi pueblo terrizo en mayo. El resto era lujuria de cereal en sazón, renovizos yerbularios, chupamieles, gamonitos, amapolas, zapatitos de la Virgen o cantueso (que aquí diremos siempre “tomillo borriquero”); un reino de este mundo, el vegetal, sufragáneo de otro reino semoviente al que tributaba en especie: Gorriones molineros (o gurriatos), trigueras, torcaces, perdices, arrendajos, abubillas o jilgueros -de los bonitos y de los feos, que según parece nunca los hubo de perfil medio- volaban sobre liebres, conejos, lagartos, raposas, vacas frisonas y avileñas, ovejas israelíes y merinas, cabras murcianas, e incluso sobre moscas, abejas y caballitos del diablo… Se diría que la vida, de sol a sol, se juramentaba, invadiendo por tierra, arroyo y aire los celosos dominios del espantapájaros, el único vestido con sariana o chaqueta a estas alturas del año, demasiado abrigado para ser creíble, cuando hacía ya meses que andábamos en manga corta los que andábamos, los que pateábamos el campo en busca de los últimos espárragos (“los de abril para mí, los de mayo para el amo”) o a cardillos, y, sobretodo, a pájaros, a nidos de jilguero en los olivares, de tórtola en las dehesas y de gorrión en los árboles de ribera o en Los Chopos. Si de aquí era difícil volver con las manos vacías, de allí como de allá lo usual era volver como se había ido, sin nada. 
 
Villar del Pedroso, El Marco

Villar del Pedroso, El Marco
Flores y loza, de Jesús Ángel Rodríguez
 ...Que las tórtolas que siempre hubo en mi casa nunca entraron conmigo; todavía se las debo a un hombre impagable que nada tuvo suyo en esta vida, a tío Cristino, amigo de todos y, como el Buen Pastor, pastor y bueno. Año tras año, llegando mayo se presentaba en casa, haciéndonos ver que venía de paso con una mano tras otra. “Para el niño”, decía enseguida, sin darse tiempo a darlo importancia, y se sacaba del seno de su camisa  una cría en cañones de tórtola europea -la nuestra, la autóctona- como los magos sacan de sus chisteras tórtolas turcas. Sirvan de homenaje póstumo estas letras a quien con magia blanca no aprendida hizo mágica la infancia de de un muchacho, a aquel pastor llegado de no sé dónde -de qué belén de barro- a un nazaret viviente donde los viejos porfiaban a la puerta del taller de tío Isabelo, como niños que jugasen a ver quién mea más lejos, donde los pavos de tía Isidra callejeaban de La Marota a Juego Calva y de esta plaza a aquella calleja, dejándose de vainas pero no de pamplina, donde el arroyo Morcillo salvaba la puente a la menor crecida, donde las vacas cucaban por altamares de heno, donde los padres montaban a sus hijos a hombros, como el bueno de Sancho montaría a Sanchica sobre Platero si Cervantes levantara la cabeza, donde el Camino de Santiago sobrevolaba de noche el de Guadalupe, como de día las grullas sobrevuelan los nidos de las cigüeñas.
…Que por mayo ya era por mayo, y lo será por siempre.      


Villar del Pedroso, inmediaciones de El Risco
 
Villar del Pedroso, El Marco