EL PUENTE DE
ALCÁNTARA
Imagen de mi
provincia más que ninguna, el gran puente romano de Alcántara se había ido
convirtiendo ya en un tatuaje en mis entretelas o en una marca de agua entre
ceja y ceja. Las enciclopedias Álvarez y Calleja me lo habían dibujado someramente
a plumilla cuando niño (nada comparado con las xilografías de La Ilustración
Española y Americana, y menos con las litografías de Laborde que colgaban los
salones afrancesados), antes que el Ministerio de Información y Turismo divulgara
su estampa, en el saturado agfacolor de
los años setenta, por casas de cultura, estaciones de autobuses, oficinas de
atención o gasolineras. Si en los libros de texto formaba siempre pareja con su
primo lejano el acueducto de Segovia, en los folletos de promoción turística de
la provincia solía hacerlo con la estatua ecuestre de Pizarro en Trujillo. Su
póster, en las salas de ping-pon de los
internados o en las lisas paredes de las
casas de comida casera, formaba iconostasio con los de Bahamontes, el
Pantocrator de Taüll, los molinos de Campo de Criptana, el Real Madrid de la
sexta copa de Europa o la línea del cielo de Benidorm.
…Uno no podía
morirse sin antes ver in situ el
puente de puentes, o –dicho de otro modo- sin conseguir que sus seis ojos me
vieran. Él, que sostuvo con descaro su mirada a la mirada indagadora de los dibujantes
ilustrados y desnudó con la vista a los viajeros elegantes de la Europa
romántica, ¿se dejaría cegar, en su altanería, ante este insignificante paisano
suyo?
Fue en enero de
2004 cuando, por fin, me allegué al dichoso puente. En un día no propicio. O
sí, según se mire, según se mire a través de la lluvia; jarreaba sobre el Tajo
aquella mañana, y la visión era hermosa: El puente, como un saurio disparado
con balines, no acusaba castigo alguno. Yo aguantaba el chaparrón bajo un
paraguas negro, viéndole soportar con indolencia tráfico rodado, crecida
fluvial y lluvia pijotera. No tardé mucho en comprender que la rendición
vendría del cielo antes que del monumento, por muy cerrado que estuviera el
panorama. Invitándome estaba la otra orilla a desatender a ésta, y decidí
cruzarlo, no como un équite romano, sino como un hombre de a pie, jalonando con
mi mano el pretil de piedra a cada paso, pisando con unción el enlosado
milenario, gustándome en el vértigo, mudándome de época a mi antojo,
remoloneando en llegar a la Torre de Oro que le defiende en el otro extremo.
Después de mucho no pensármelo, absorto como estaba, claro que decidí cruzarlo.
Pero, se mire por donde se mire, su
grandiosidad no mengua. ¡Que con sólo
seis arcos, sólo media docena, se salva una hondonada de 194 metros de largo!
¡Y que son 71 los metros de altura que alcanza esta mole, capaz de acomplejar,
no ya al españolito medio, sino al más pintado tiarrón del norte! La
magnificencia del monumento se basta y se sobra para embobar al visitante; más
si lo que se pretende es que la admiración redoble sus interjecciones, que
alguien le cuente al curioso que tan grandiosa obra carece de cimientos: Sus pilares
se asientan, efectivamente, sobre la propia roca del lecho fluvial, trabajada a
conciencia para recibirlos, lo que exigió a su arquitecto la unión de roca y
sillares mediante grapas en cola de milano.
La estampa, como
tal, es mayestática. Firmeza, utilidad y hermosura, las tres cualidades que
exigía Vitrubio a toda construcción que se preciase, están manifiestas
palmariamente en este puente, concebido por su ingeniero, Cayo Julio Lacer,
“para que durara tanto como el mundo durase”. Ahora bien, ¿supuso Cayo cuando
escribió estas letras, allá por el 106 de nuestra Era, que el propio Orbe
duraría tanto? Girando sigue el mundo, y aun sigue el hombre su derrotero de
puente en puente.
Tan romano como
el puente es el arco de triunfo que lo corona, por mucho que luzca donde más
puede lucirse el águila bicéfala de Carlos V. Que no es al quinto emperador de
Alemania a quien se dedica esta obra, sino al quinto emperador de Roma; que el
cumplimentado no es Carlos, el emperador español nacido en Flandes, sino
Trajano, el emperador romano nacido en Hispania. Tanto el escudo referido como
el adarve que remata el arco triunfal, son añadidos muy posteriores a la
erección del conjunto. Como lo son las lápidas de mármol alusivas a las
sucesivas restauraciones que ha conocido el monumento; mármoles que, con el
paso del tiempo, se han ido hermanando a los que, desde antiguo, vienen
dándonos noticia de los once municipios lusitanos que sufragaron su
construcción. Acercarse lo suficiente para poder distinguir sus nombres,
conlleva necesariamente dejarse abominar por las formidables pilastras áticas
donde hallan acomodo dichas placas… Uno no sabe si lamentarse de la pequeñez
del hombre, o si vanagloriarse de la grandeza de su propia obra; tal es el
aturdimiento que aquí se produce.
Quizá por ello
no hay visitante que, una vez contemplado el paso del Tajo por Alcántara y el
paso de Roma por el Tajo, reanude su viaje sin reparar de nuevo en el templete “in
antis” que encontró a su izquierda recién llegado. Se hace preciso, después de
tanta autodesestima (o de tantísima
sobredimensión romana, cuando no de ambas cosas) reencontrarse consigo
mismo, con sus propias proporciones. Y ello tiene lugar –para mayor dignidad nuestra-
en un templo romano, en una construcción concebida como morada de dioses. Fuera
de Alcántara pocos templos romanos se dejarán llamar templetes, pero en este
caso, gracias a un dios menor, sus dimensiones excepcionales le hacen acorde a
nuestra propia escala.
Puente, arco y
templete, indisolublemente unidos, forman, pues, la primera trinidad de
Alcántara, que, a su vez, con la célebre Orden Militar y con el celebrado S.
Pedro alcantarino (patrón de Extremadura), es parte integrante de una tríada
segunda. Satisfecho queda –con creces- mi tercer deseo.


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