Extracto del pregón de las fiestas patronales de Villar del Pedroso (Cáceres), 2011
| Villar del Pedroso desde El Risco |
Extracto del pregón de las fiestas patronales de Villar del Pedroso (Cáceres), 2011
(…) Pertenezco, pues, a la numerosísima generación de los años 60. Mi nacimiento se enmarca en la balbuciente España del “Baby Boom”, aquella en que la tasa de natalidad se disparó de modo llamativo, al calor del desarrollismo económico de los tecnócratas. Villar no se mantuvo al margen de aquel florecimiento general. Plazas, calles, patios y escuelas se llenaron de criaturas que dieron a su pueblo nuevos bríos; niños cada vez con menos estrecheces, sin apenas ocasiones para llorar, como no fuera el tener que ponerse el baby de parvulito para ir a la escuela por vez primera, o el tener que cortarse el pelo de cuando en cuando.
(…) Pertenezco, pues, a la numerosísima generación de los años 60. Mi nacimiento se enmarca en la balbuciente España del “Baby Boom”, aquella en que la tasa de natalidad se disparó de modo llamativo, al calor del desarrollismo económico de los tecnócratas. Villar no se mantuvo al margen de aquel florecimiento general. Plazas, calles, patios y escuelas se llenaron de criaturas que dieron a su pueblo nuevos bríos; niños cada vez con menos estrecheces, sin apenas ocasiones para llorar, como no fuera el tener que ponerse el baby de parvulito para ir a la escuela por vez primera, o el tener que cortarse el pelo de cuando en cuando.
Pídola (el burro), rayuela, las
madres, las canicas -de barro primero, de cristal más tarde- y la taba, entre otros, fueron nuestros
juegos. Nuestros primeros juguetes: Los “santos”
de las cajas de cerillas, los cromos del chocolate, las latillas de sardinas,
los rastrillos de cañijerra , los tiradores de encina, las chapas de El Gavilán
o la Mirinda…
La creencia en El Hombre del
Saco, el miedo cerval a los diablillos del Pozo Concejo, la eterna promesa de
ir una noche a gamusinos, o la pronta disposición a llevar a la otra punta del
pueblo el molde de los buñuelos (eso por no hablar de la huella del pie de
Sansón), dan buena fe de nuestra inocencia, por mucho que los sábados nos
fuéramos a pájaros a Los Chopos, por mucho que –a la vuelta de la escuela -
atrapáramos renacuajos en el Caganchas, por mucho que cazáramos lagartos con
gancho en Tierra Arena, por mucho que hiciéramos en melonar ajeno nuestras
catas, por mucho que pusiéramos en vilo a nuestras casas, a punto de “tocar a niño perdido” (tal ocurría
cuando enfilábamos el camino de Las Santas Marías para ver los “pajarones de la anguarina”, o el camino
de El Pedroso para bañarnos en el Charco el Estrecho o en el Charco la Estrella
(el primero con remolinos, y los dos con sanguijuelas).
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| Calle Real, Villar del Pedroso |
El Villar de mis primeros años
era un pueblo enrollado (no se me mal interprete –ojo-, que también hoy lo
sigue siendo en la acepción más reciente del término). Herraduras y llantas
percutían en los rollos del empedrado, sin que el vecindario –con ser mucho el
estruendo- sordoenmudeciese a su paso; como los pájaros de la vega, estábamos
ya hechos. Aquel trasiego de carros y caballerías al comenzar la jornada y al
declinar el día, forma parte ineludible de la banda sonora de mi infancia. Como
lo forma el golpeteo del yunque, la chifla del afilador, la voz del especiero,
el son del campanillo, el silbido de mi padre en lo alto del trillo, el canto
del gallo, el vareo de las olivas, las zaragatas nocturnas de los gatos en
celo, la algarabía de los recreos, el esquilón de las Ánimas, la matraca
convocando a los Oficios, el motor de “La Floriana”, el soniquete de las cortinas
de canutillos durante la siesta, o el escalofriante doble de las campanas la
noche entera de “Los Santos” a “Los Finaos”…
Agraciado, por las vicisitudes
históricas de las antiguas Tierras de Talavera, con un término municipal
desmedido, Villar ha sido siempre pueblo agrícola y ganadero. Y – siendo el
campo, fundamentalmente, su medio de vida- el nuestro ha sido un pueblo
acostumbrado a ponerse en manos de Dios y a mirar al cielo. Santoral y temperie
son los que rigieron sus trabajos y sus días, inspirando en nuestras gentes un
arte de vivir rico en costumbres y comportamientos (todo en función de la
estación que se cursara, y de las fiestas que la jalonasen).
Grandes bandadas, preparando su
marcha migratoria son las que anuncian en los pueblos la llegada del otoño,
tiempo duro –donde los haya- para el hombre del campo: Tiempo de preparación de
la tierra, de laboreo, de abono, de sementera… Tras las primeras lluvias la
tierra ha respondido siempre con lo que llaman los naturalistas la segunda
primavera. Una buena otoñada es sabido que asegura la comida del ganado hasta
diciembre. Así es ahora y así era entonces. No así la caza, que, ahora ya sólo
de escopeta y perro, antes también lo era de garrote. La Virgen del Pilar era
el día rojo del calendario en que se abría la veda.
Cada día más corto y desapacible
que el anterior, a duras penas los escolantes hallábamos ya tiempo para la
jugarreta, como no fuera con ocasión de la fiesta de Todos los Santos. Ese día
había que salir al campo, y cumplir con el rito de asar las castañas. Eso…
siempre que hiciera bueno o lloviera poco, que si jarreaba (“santos mojaos, ramos calaos”) la fiesta se nos aguaba, el gesto se
nos fruncía, y nos sobraban ya todas las castañas pilongas (las no pilongas,
por supuesto) las nueces, las gamboas, las granadas…, e incluso las chaquetías
(hoy en peligro de extinción).
Tareas propias del invierno fueron siempre entre nosotros la matanza del guarro y la recogida de aceitunas. Al guarro siempre le había matado el matachinero, pero llegó un mal día que entre todos le matamos (el miedo al colesterol, la aparición del congelador…) y él solito se murió. Con la matanza, que llenó nuestras despensas y aromó nuestras cocinas, que dio a la Inmaculada el sobrenombre de Virgen Modonguera y a Extremadura entera renombre, se pierde entre nosotros un rito social, una ocasión propicia para sentar a familiares y allegados a la misma mesa.
| Peña el Vilano, Villar del Pedroso |
Tareas propias del invierno fueron siempre entre nosotros la matanza del guarro y la recogida de aceitunas. Al guarro siempre le había matado el matachinero, pero llegó un mal día que entre todos le matamos (el miedo al colesterol, la aparición del congelador…) y él solito se murió. Con la matanza, que llenó nuestras despensas y aromó nuestras cocinas, que dio a la Inmaculada el sobrenombre de Virgen Modonguera y a Extremadura entera renombre, se pierde entre nosotros un rito social, una ocasión propicia para sentar a familiares y allegados a la misma mesa.
Si las matanzas eran las fiestas oficiosas del invierno, las Navidades eran las oficiales, las de las rondas de puerta en puerta en la tarde-noche del 24 y del 31 (“Manolito chiquito, rey de los cielos, rey de los cielos…”), las de las zambombas -de pellaranca mejor que de conejo- de bar en bar y de taberna en taberna (“En la sierra canta el cuco y en la torre la cigüeña…”), las del rin-rin de la botella de anís la Talaverana, las de la Misa del Gallo y la adoración del Niño… Árbol de Navidad llamábamos a una esparraguera adornada, y a las figuritas de mazapán cabrillas. Manifestaciones muy nuestras, aunque no exclusivas, dentro del ciclo navideño son –siempre lo fueron- el “Bautizo del Niño”, el primer día del año (en Palencia capital también se celebra), y la comida en Cabezaeza el “Día de los Reyes” o “Día de la Peña” –que siempre hemos dicho-, el 6 de enero (en Navalmoralejo se hace por san Antón en su peña rastraera).
Si las matanzas eran las fiestas oficiosas del invierno, las Navidades eran las oficiales, las de las rondas de puerta en puerta en la tarde-noche del 24 y del 31 (“Manolito chiquito, rey de los cielos, rey de los cielos…”), las de las zambombas -de pellaranca mejor que de conejo- de bar en bar y de taberna en taberna (“En la sierra canta el cuco y en la torre la cigüeña…”), las del rin-rin de la botella de anís la Talaverana, las de la Misa del Gallo y la adoración del Niño… Árbol de Navidad llamábamos a una esparraguera adornada, y a las figuritas de mazapán cabrillas. Manifestaciones muy nuestras, aunque no exclusivas, dentro del ciclo navideño son –siempre lo fueron- el “Bautizo del Niño”, el primer día del año (en Palencia capital también se celebra), y la comida en Cabezaeza el “Día de los Reyes” o “Día de la Peña” –que siempre hemos dicho-, el 6 de enero (en Navalmoralejo se hace por san Antón en su peña rastraera).
Pasadas las Navidades, Villar
entraba –como todo pueblo- en su depresión post-parto. Arreciaba el invierno a
partir de entonces. Que saliera pronto o que se quedara era ya cosa de la
Candelaria (según plorara o no plorara). Por Dios, paisanos, no perdamos nunca
esta pequeña fiesta de Las Candelas,
esta joyita antropológica nuestra, esta rareza propia. Las tres arrodilladas
camino del altar y las tres de vuelta, los dos pichones que una vez ofrecidos
solían acabar –de niños- sobrevolando nuestras cabezas, el propio carrillo en
que procesiona la imagen, inspirador -o inspirado- del templete escurialense
del Patio de Los Evangelistas, las bandas de carnaval que lo enjaezan… Todo
regresa cada 2 de febrero a mi cabeza. En Villar, por Las Candelas y San Blas, hay ya un barrunto de carnaval, que nos
invita –sin mayores alharacas- a desempolvar los tambores, a templar el molde
de las flores, a poner al mal tiempo buena cara…
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| Ayuntamiento, Villar del Pedroso |
| Cruz Nueva, Villar del Pedroso |
El Carnaval de Ánimas, paisanos míos, es, junto con el monumental retablo mayor de nuestra parroquia (única obra conocida del flamenco Cornelio Cyaneus) -¡y con vosotros, claro!- el gran tesoro con que pasmar al forastero. Esta fiesta va a ser siempre nuestro orgullo, porque esta fiesta nos hace únicos. Imitarse no puede, porque sólo está encriptada en nuestro ADN. Compararse tampoco, porque parangón no tiene (no lo hay: el baile de la bandera de Cadalso de los Vidrios, por ejemplo, o las soldadescas de Alcaudete o de Valdeverdeja evocan sólo aspectos muy parciales de nuestra fiesta). Lo nuestro no es un festejo que al terminar el día se autodestruya; lo nuestro es una función dilatada en el tiempo, programada a lo largo de una semana. Como la vida misma, es un itinerario más allá de la muerte, riquísimo en mensajes y matices de gran belleza plástica. Se reivindica la alegría de vivir y se persigue el gozo de resucitar, deseables ambos (ya lo decía Sta. Teresa, que “un Santo triste es un triste Santo”). Manifestación, ante todo, religiosa, el carnaval de Villar del Pedroso es, además, manifestación paramilitar (originalmente motivada por la necesidad de prevenir excesos durante los días de fiesta), y es, finalmente, manifestación lúdica. El Carnaval de Ánimas nos retrata como pueblo agradecido a Dios y a nuestros antepasados, como pueblo cumplidor de sus promesas, como pueblo maduro que sabe discernir lo pío y lo profano, como pueblo celoso de sus tradiciones, y, en lo que respecta a su Carnaval, insobornable (desoyendo voces de sirena, prestando oído tan sólo a su voz interior, es como Villar ha logrado mantener hasta el presente esta maravilla de carnaval en su toda pureza). ¡Que las Ánimas Benditas nos lo paguen!
El Carnaval de Ánimas, paisanos míos, es, junto con el monumental retablo mayor de nuestra parroquia (única obra conocida del flamenco Cornelio Cyaneus) -¡y con vosotros, claro!- el gran tesoro con que pasmar al forastero. Esta fiesta va a ser siempre nuestro orgullo, porque esta fiesta nos hace únicos. Imitarse no puede, porque sólo está encriptada en nuestro ADN. Compararse tampoco, porque parangón no tiene (no lo hay: el baile de la bandera de Cadalso de los Vidrios, por ejemplo, o las soldadescas de Alcaudete o de Valdeverdeja evocan sólo aspectos muy parciales de nuestra fiesta). Lo nuestro no es un festejo que al terminar el día se autodestruya; lo nuestro es una función dilatada en el tiempo, programada a lo largo de una semana. Como la vida misma, es un itinerario más allá de la muerte, riquísimo en mensajes y matices de gran belleza plástica. Se reivindica la alegría de vivir y se persigue el gozo de resucitar, deseables ambos (ya lo decía Sta. Teresa, que “un Santo triste es un triste Santo”). Manifestación, ante todo, religiosa, el carnaval de Villar del Pedroso es, además, manifestación paramilitar (originalmente motivada por la necesidad de prevenir excesos durante los días de fiesta), y es, finalmente, manifestación lúdica. El Carnaval de Ánimas nos retrata como pueblo agradecido a Dios y a nuestros antepasados, como pueblo cumplidor de sus promesas, como pueblo maduro que sabe discernir lo pío y lo profano, como pueblo celoso de sus tradiciones, y, en lo que respecta a su Carnaval, insobornable (desoyendo voces de sirena, prestando oído tan sólo a su voz interior, es como Villar ha logrado mantener hasta el presente esta maravilla de carnaval en su toda pureza). ¡Que las Ánimas Benditas nos lo paguen!
| El Calvario, Villar del Pedroso |
Acallados los tambores comienza su canto la primavera. La candelilla de la encina reviste nuestras dehesas y la jara y el brezo adoncellan la sierra. Hay pleamar en los trigales de Tierra Llana y mareo de gualdas en los arroyos. El espino, año tras año, se regala y da su flor al Monumento. Pasito a paso, pasando, pasa la Semana Santa. Pero se queda el Calvario. Y se queda todo él endomingado por la Pascua. Con sus cruces clónicas escalando el otero y la cruz tan galana que lo inicia, ¿será pasión de hijo la mía cuando digo que no envidia a ninguno de la zona? (y he contemplado varios: En Peraleda de San Román, en Valdelacasa, en Valdeverdeja…). Su emplazamiento, escenográficamente hablando, le hace perfecto: Un cerro a las afueras es el Gólgota, y un olivar de su entorno, Getsemaní, el Huerto. De esperanza y oro le recuerdo, verde y dorado hasta que el verano nos le agostaba.
| Las Eras, Villar del Pedroso |
"De Virgen a Virgen" –se decía-, de la Del Carmen a la Asunción, eran los calores en nuestra tierra. Después de días tartamudeando, los caños del pilón se iban callando, primero uno, después los otros… Era la época de la trilla, y como el agua del Pozo Tejar ninguna… ningún agua sabía como aquella (al menos a nosotros, que, trajinando en la era, llenábamos allí nuestros botijos). ¿Alguna vez los niños disfrutaron tanto (pero tanto-tanto-tantísimo) como nosotros entre parvas, bieldos, trillos, gavillas, costales, cuartillas y arneros? ¡Que nos quiten lo bailao! …Todo lo bailao: Los “serengues” bailaos en el lomo de la reguera de La Plaza, los pasodobles bailaos en la Cruz Nueva, las primeras lentas en El Salón (cómo sudaban las columnas), las canciones del verano en el cemento de La Pista, todo lo bailao de coronilla la Noche de Resurrección, después de una semana de pasear por la carretera, sentarse un rato –si se podía- en las sillas de tijera del Kiosco, otro en el Sillón de la Reina y otro en el poste indicador de los 61 kilómetros a Guadalupe.
La piedra granítica de nuestros
berrocales –que a toda la Vettonia se nos dio dorada-, unas veces tallada y
dispuesta en sillería, y las más de las veces irregular y colocada en
mampuesto, daba por entonces prestancia a nuestro pueblo. Con tan recia estampa
acabó de la noche a la mañana la tirolesa. Medio pueblo eligió ser ocre,
sucumbiendo a una moda que tardaría en pasar de moda. Con las acacias de
nuestra Calle Real (pan y queso
camino de la escuela) acabaron, por su parte, las obras de alcantarillado y
pavimentación de los años 70 (igual que con el álamo señero de La Plaza, el
majestuoso “álamo de los Martínez”, que
no se dejaba abrazar por menos de tres o cuatro personas…). Pequeñas calamidades
que han hecho necesarios en los últimos años grandes aciertos para ser
contrarrestadas. Ya en el presente siglo –el siglo de la imagen- Villar ha
sabido ciertamente engalanarse, si no como Jerusalén celeste, sí como novia que se engalana. El último
aderezo, una piedra preciosa a fuerza de ser apreciada por los estudiosos: El
famoso Toro Mocho de la Oliva, fabuloso ejemplar de la “cultura de los
verracos” bien conocido en la Real Academia de la Historia, una joya
arqueológica. Bienvenido a nuestro pueblo, Toro Mocho. Y bien hallados sean
nuestro verraco, nuestras cruces camineras, nuestro templo de S. Pedro, nuestra
casa curial, nuestro Hospital de S. Sebastián, nuestras lápidas romanas,
nuestras fuentes, nuestras plazas, nuestras calles…


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